Empleo y precariedad laboral

Según la información aportada por Eurostat, la oficina estadística de la Unión Europea, en 2016 había en España 2.493.574 puestos de trabajo menos que en 2007, lo que, en términos porcentuales, significa un 87.4% del empleo existente en ese año. Si ponemos el foco en el periodo gobernado por el Partido Popular (PP), la destrucción de empleos entre 2010 y 2016 ha sido de 829 mil, situándose en el ejercicio que acabamos de cerrar todavía por debajo del umbral de 2010 (95,4%). Mal balance, sobre todo si se tiene en cuenta que desde 2014 el producto interior bruto de nuestra economía ha crecido, alcanzando en los dos últimos años tasas superiores al 3%. Sigue leyendo

Diez principios para otra política económica en Europa

  1. A pesar de que, desde la creación de las Comunidades Europeas y en los sucesivos tratados, la convergencia productiva y social se ha situado en el epicentro del denominado proyecto europeo, la realidad ha discurrido por un camino bien distinto. Las divergencias se han instalado en Europa. Las fracturas estructurales que se han descrito en las páginas precedentes ya eran evidentes antes del lanzamiento de la moneda única, con ésta se hicieron más pronunciadas y en los años de crisis se han agravado como consecuencia de la errónea y sesgada política exigida por la Troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional). La heterogeneidad estructural presente en la geografía económica europea nos habla de un Norte y un Sur, un Centro y una Periferia, así como de una fractura social creciente, entre los ricos y los pobres, entre los propietarios del capital y los trabajadores, entre las elites y la mayoría social.
  2. El enquistamiento de las divergencias representa una impugnación en toda regla de ese proyecto. Significa que las lógicas concentradoras impuestas por los mercados han prevalecido sobre las redistributivas, cada vez más débiles, impulsadas por instituciones que han sido capturadas por las oligarquías, por su discurso y por sus intereses. Significa igualmente que, en un contexto de mercado única (para las mercancías, servicios y capitales, sobre todo) y unión monetaria, las economías europeas, con potencialidades competitivas diversas, no tienen la misma capacidad de beneficiarse de la integración económica.
  3. Los desequilibrios productivos, comerciales y sociales –que han estado en el origen mismo de la crisis económica- ocupan un lugar periférico en el debate político, académico y mediático, centrado, casi podríamos decir que absorbido, por el imperativo de sanear las cuentas públicas, como si la reducción de los niveles de déficit y deuda fueran condición necesaria y suficiente para resolver los desafíos estructurales a los que se enfrentan las economías europeas, especialmente las meridionales.
  4. Las políticas exigidas desde la Troika y aplicadas por los gobiernos han fracasado. Las causas de fondo de la crisis no se han resuelto, por lo que estamos muy lejos de haberla superado, pese a que las economías europeas han abandonado la recesión y han iniciado un proceso de lenta, insuficiente e inestable recuperación, en gran medida propulsada por factores coyunturales que difícilmente se mantendrán en el futuro. En ese escenario, donde inevitablemente se intensificarán las pugnas distributivas, la desigual correlación de fuerzas apunta a una redistribución de la renta y la riqueza en beneficio de las elites y las oligarquías, que agravará todavía más la fractura social.
  5. Es importante hacer notar que las disparidades estructurales no sólo avanzan en periodos de estancamiento o bajo crecimiento económico, sino que lo hacen asimismo en las fases de auge. En consecuencia, apelar a la recuperación del PIB como llave para corregir las fracturas es un error de bulto. Los mecanismos y los actores que impulsan ese crecimiento responden a lógicas concentradoras y excluyentes. Ya era evidente antes del crack financiero y lo es más ahora, cuando las relaciones de poder se han inclinado con claridad hacia el capital, cuando los instrumentos redistributivos asociados a las políticas públicas han sido en gran medida desmantelados y cuando la negociación colectiva ha salido debilitada y en muchos casos eliminada.
  6. Las políticas impulsadas desde Bruselas han tenido un impacto especialmente adverso sobre aquellas economías más rezagadas que, en consecuencia, dependían en mayor medida de la implementación de políticas orientadas hacia la convergencia. El diseño de la gobernanza europea a partir de la austeridad presupuestaria reproduce y amplifica las fracturas estructurales. En primer lugar, porque priva a las instituciones comunitarias de los recursos que necesitarían para desempeñar una eficaz labor redistributiva destinada a corregir la deriva concentradora de los mercados; y en segundo lugar, porque los ajustes exigidos por la Troika han afectado en mayor medida a las economías más atrasadas, las meridionales, y a las partidas sociales y productivas del gasto público, lo que ha contribuido a ensanchar las brechas entre las economías del norte y del sur.
  7. La insistencia en que toda la política económica y la propia construcción europea pivote alrededor de la reducción del déficit y la deuda públicos, penaliza sobre todo a los países con estructuras económicas y sociales más débiles y precarias. Implica asimismo un sesgo en el diagnóstico que estigmatiza la actuación de lo público, cuyo gasto, según este planteamiento, además de desmesurado sería ineficiente. No sólo queda seriamente mermada la capacidad de los poderes públicos para desempeñar un papel activo en la superación de la crisis, sino que se les priva de legitimidad para ello. Resulta, por lo demás, toda una declaración de intenciones acerca del presupuesto de la UE, que también estaría gobernado por la lógica austeritaria, incapacitando de esta manera a las instituciones comunitarias para abordar el reto de la convergencia. Con ello, a efectos prácticos, más allá de la retórica, este objetivo ha desaparecido de la agenda de Bruselas.
  8. La persistencia de una Europa fracturada abre un escenario de inestabilidad macroeconómica que incluso amenaza la viabilidad de la zona euro. Esas asimetrías están en el origen de los comportamientos divergentes en las balanzas comerciales y por cuenta corriente, países con importantes superávits, como Alemania, y otros con sustanciosos déficits, como España. Desde la implantación del euro, sobre todo, ambos desequilibrios fueron uno de los motores que propulsaron la economía del endeudamiento; los países acreedores cubrían las necesidades financieras de los deudores. El excedente de los primeros continuará alimentando la industria financiera, mientras que el déficit de los segundos, en un contexto de muy elevado endeudamiento, reforzará la adopción de políticas deflacionistas.
  9. Si la Gran Recesión requería una Europa ambiciosa, democrática y solidaria, que lanzara una propuesta de salida de la crisis inclusiva y sostenible, hemos asistido a todo lo contrario. No sólo cabe decir que hay menos Europa, sino, lo más importante, de la crisis económica aparece una Europa con unos perfiles oligárquicos y autoritarios más acentuados. Responsabilizar a las periferias, penalizar a los trabajadores, castigar a la mayoría social, rescatar a los grandes bancos, beneficiar a las elites, dar prioridad a los acreedores, vulnerar la soberanía de los estados nacionales, desmantelar el sector social público, cerrar la puerta a los refugiados, culpabilizar a los inmigrantes…esta es la Europa que emerge de la crisis.
  10. Ni se puede ni se debe seguir la hoja de ruta fijada por Bruselas. Urge poner en marcha una actuación de emergencia, que podría llevarse a cabo con el actual entramado institucional, siempre que hubiera voluntad política, encaminada a cerrar brechas, o impedir que sigan creciendo. Conviene precisar al respecto que si bien Bruselas maneja un presupuesto exiguo -que debería ser aumentado de manera sustancial-, incapaz de hacer frente y de corregir la heterogeneidad estructural de las economías que conviven en la UE, los responsables comunitarios han renunciado a utilizar las limitadas herramientas institucionales a su disposición para promover la convergencia. Dicha actuación pasaría por una decidida actuación coordinada del Banco Central Europeo y del Banco de Inversiones con el objetivo de reducir la carga de la deuda de las economías meridionales, lanzar un amplio plan de inversiones productivas y sociales orientadas al Sur de Europa y promover un acuerdo de gestión macroeconómica a escala europea encaminado a que las economías del norte reduzcan sus superávits por cuenta corriente. En un plano más amplio, resulta imprescindible abordar el debate de las cuentas públicas desde coordenadas muy distintas de las que representa la camisa de fuerza de la austeridad. Ser conscientes de las implicaciones del aumento o enquistamiento de las divergencias estructurales, obliga a situar la convergencia –productiva, social y territorial- en el centro de las políticas europeas, y también de las aplicadas por los gobiernos. Avanzar en esta dirección supone una impugnación en toda regla de la lógica del ajuste presupuestario y del pacto fiscal y, al mismo tiempo, una revisión en profundidad de la arquitectura institucional de la UE y de la zona euro.

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La Unión Militar Democrática…y la Unión Democrática de Soldados

Fernando Luengo
Exmiembro de la Unión Democrática de Soldados

Gran sorpresa y satisfacción cuando en el acto dedicado a la moción de censura se anunció la presencia en el escenario de Fernando Reinlein, excapitan de la Unión Militar Democrática (UMD). Esta organización de militares profesionales concentró su actividad en la época franquista en la democratización de las fuerzas armadas. Fernando Reinlein nos entregó un mitin lleno de pasión, para reivindicar al final del mismo el papel de la UMD en la lucha antifranquista. Pablo Iglesias, en su intervención final, al recordar a cada uno de los representantes de los movimientos sociales que le habían precedido en el uso de la palabra, afirmó sentirse orgulloso del trabajo realizado por los militares demócratas. Sigue leyendo

La importancia de las preguntas

Las preguntas condicionan los relatos. Dos ejemplos, relacionados con el empleo y el desempleo.
 
¿Bajo qué condiciones existe el pleno empleo y se reproduce el equilibrio? Esta pregunta, propia del pensamiento neoclásico (dominante en las universidades), presupone que una situación de plena ocupación es posible en el capitalismo y que las fuerzas de la oferta y la demanda, actuando sin restricciones, absorben la oferta de trabajo, esto es, todo el que quiere trabajar puede hacerlo, sólo existiría el “desempleo voluntario”, situación en la que se encontrarían los que, enfrentados al dilema ocio/trabajo, prefieren la primera opción a la segunda.
 
¿Por qué existe un desempleo persistente y se mantiene a lo largo del tiempo? Esta es una pregunta situada en unas coordenadas diametralmente opuestas a la primera. Fuera del mundo imaginario e inexistente en el que razona la economía neoclásica, se afirma, apelando a la evidencia empírica de la dinámica capitalista a lo largo del discurrir de la historia, que el desempleo es consustancial a esa dinámica y que, en consecuencia, los mercados no producen plena ocupación. El desempleo no es “voluntario”, sino involuntario, el sistema económico no genera puestos de trabajo suficientes como para equilibrar la oferta y la demanda de trabajo. En estas condiciones, si queremos que la teoría económica se ocupe de asuntos relevantes y que salga de la urna de cristal de modelos construidos a partir de supuestos irrealista e inverosímiles, hay que preguntarse necesariamente sobre las causas del desempleo, que, desde la perspectiva de los economistas críticos, apuntan al proceso de acumulación y distribución capitalistas.
 
Dos preguntas que colocan a la teoría y a la políticas económicas en materia laboral ante agendas de reflexión y de actuación radicalmente diferentes.

Una Europa fracasada…Otra Europa necesaria

La convergencia entre las economías más avanzadas y las más rezagadas ha sido presentada a menudo como uno de los activos más destacados del proceso de integración comunitario. El cierre de las brechas entre unas y otras sería la indiscutible prueba del éxito de la Unión Europea (UE) (antes, Comunidades Europeas). La intersección y el equilibrio de la acción de los mercados y unas instituciones con vocación redistributiva explicaría este éxito, contrapunto de lo sucedido en otras dinámicas globalizadoras, donde los mercados habrían actuado sin apenas restricciones ni contrapesos, lo que estaría en el origen de la intensificación de las disparidades entre las economías.

Texto completo en Una Europa fracasada…Otra Europa necesaria

Devaluación salarial y estrategia exportadora en la economía española

Las políticas de ajuste salarial se han justificado y aplicado con el objetivo de hacer a la economía española (y a las economías periféricas, en general) más competitiva. Con ellas se trataba de corregir a la baja la evolución alcista de los costes laborales unitarios (CLU), cuyo crecimiento en los años previos a la crisis –según el planteamiento del mainstream- estaría en el origen del continuo aumento del déficit de la balanza comercial. Este desequilibrio habría propiciado un desbordante aumento de la deuda externa, finalmente insostenible, que culminó en el crack financiero. Sigue leyendo

Macron, Krugman y Europa

Paul Krugman no es un radical de izquierdas, ni tampoco un populista desvariado. Esto lo sabe todo el mundo, pero sí es un observador de la realidad europea atento y reflexivo. Por esta razón, recomiendo la lectura de este artículo. En estos días donde se nos aturde con el mensaje de que votar a Macron -frente a la fascista Le Pen- es apostar por más y mejor Europa. No, no es cierto, es una mentira intolerable que hay que denunciar. Macron representa los intereses de la Europa que ha fracasado, y esto conviene dejarlo claro para no situarnos, voluntaria o involuntariamente, en la ciénaga de la confusión mediatica y política. La victoria de Macron en absoluto representa un paso hacia una Europa mejor, más solidaria y cooperativa, más democrática e inclusiva. Todo lo contrario, con su más que probable triunfo electoral, se consolidan las fuerzas inmovilistas y reaccionarias, la esclerosis burocrática y el desprecio a la gente. ¿Hay alguna razón para pensar que la élite política y económica, a la que Macron representa, dará una solución a la tragedia de los refugiados -tema que, con mucha suerte, encuentro con letra pequeña en las páginas interiores de los periódicos y que ni siquiera se menciona en las televisiones-, a la fractura social, a la desigualdad de género, al insoportable endeudamiento de las periferias, al desafío del cambio climático, al parasitismo fiscal de los ricos? No, no etá en la agenda de este “reformador y renovador” de una Europa que camina a la deriva, cuya agenda ha sido capturada por los poderosos y por una élite burocrática que habita una urna de cristal pletórica de privilegios.

Alemania, ganadora de la integración europea

A fuerza de repetirlo, una y mil veces, se ha convertido en un lugar común. La esforzada y austera Alemania se resiste a acudir en ayuda, o a permitir que lo hagan las instituciones comunitarias, de los despilfarradores países periféricos, que habrían vivido muy por encima de sus posibilidades, consumiendo mucho más allá de lo que producían, exceso que habrían financiado con deuda, entrando así en una espiral de crecimiento insostenible. Alemania también habría soportado buena parte de los costes de las últimas ampliaciones, que han integrado en la Unión Europea a países relativamente rezagados, del mismo modo que habría financiado, en mayor medida que otros, las arcas comunitarias, beneficiándose menos que la mayoría de los recursos distribuidos desde Bruselas. Alemania sosteniendo el edificio comunitario en el que prosperan los más rezagados; Alemania asumiendo los costes y soportando los sacrificios; Alemania como modelo. Este es el mensaje.

Este relato, tan condescendiente con los intereses de las economías ricas del continente y, sobre todo, tan funcional a los poderes dominantes, tanto del norte como del sur, abre diferentes frentes de debate que aquí, por razones de espacio, no puedo abordar. Pongamos el foco en uno de los asuntos centrales: el comercio exterior. Pues bien, en este ámbito, ha sucedido justamente lo contrario de lo sugerido por ese diagnóstico: Alemania es la ganadora indiscutible del proceso de integración comunitario (sin entrar a discutir el asunto, nada banal, de la desigualdad que ha presidido el reparto de esas ganancias entre la ciudadanía y las empresas de ese país).

Desde los años sesenta, la economía alemana ha obtenido excedentes comerciales con la mayor parte de los socios comunitarios. La unión arancelaria, primero, la consolidación del mercado único, después, y la introducción de una moneda común, finalmente, han consolidado un espacio económico integrado que ha beneficiado, sobre todo, a las economías y empresas con mayor potencial competitivo.

Suprimidas las restricciones al libre movimiento de bienes, servicios y capitales, y eliminadas las monedas nacionales (para aquellos países que han decidido compartir la unión monetaria) y con ellas las posibilidades de manejo de los tipos de cambio, ha imperado la ley del más fuerte. Y el más fuerte es, con mucha diferencia, Alemania, que cuenta con un indiscutible potencial industrial.

La política de congelación salarial tan resueltamente llevada a cabo por el gobierno “socialista” de Gerhard Schröder y proseguida por Angela Merkel ha representado un plus de competitividad para las empresas exportadoras, pero nada sería más erróneo que suponer que su proyección en los mercados europeo e internacional, sus superávits comerciales descansan en los bajos salarios (relativamente elevados comparados con el promedio comunitario). Es en la calidad de su industria manufacturera, especialmente en las actividades de media-alta densidad tecnológica, y sus capacidades logísticas y organizativas donde reside su potencial más genuino. Además, las corporaciones alemanas han sabido sacar partido de las privatizaciones y los procesos de apertura de los países procedentes del mundo comunista, antes y después de que una parte de ellos se convirtieran en nuevos socios comunitarios. Con una decidida estrategia inversora, que ha incluido la deslocalización de empresas y centros de trabajo y la subcontratación transfronteriza de procesos fabriles y de servicios que antes se realizaban en territorio alemán, han reducido considerablemente los costes, lo que ha contribuido a la mejora de la productividad y de la posición competitiva. Un euro tradicionalmente fuerte ha facilitado y rentabilizado las operaciones de importación, componentes, partes o productos ensamblados que, además de abastecer el mercado interno alemán, han alimentado los circuitos de exportación.

Así pues, la Unión Europea, enredada en los intereses de los mercados y de las manos visibles que los gobiernan, se ha construido al servicio de la expansión de las corporaciones germanas y, más en general, de las empresas transnacionales. Introduzcamos, pues, más complejidad, y también más sinceridad, en el debate sobre los diagnósticos y las alternativas a la crisis económica. En esa mirada de más calado estamos obligados a reparar en la deriva mercantil del proyecto comunitario, así como en la estrategia mercantilista seguida por la economía alemana; estrategia que ha estado en el origen de los desequilibrios comerciales y financieros que han desencadenado la crisis económica.

Aunque, claro, es más fácil, cómodo e interesante para los poderes fácticos seguir con el mantra de los despilfarrados cometidos por los periféricos. A fin de cuentas, es el discurso que exonera de asumir los costes de la crisis a los que, de verdad, la han provocado.

Más confusión. Política salarial igual a política de rentas

“La hora del pacto salarial”. De este modo titulaba El País, uno de sus editoriales del 6 de marzo. Ya en el texto se hace referencia a la política salarial y a la de rentas, como si ambos términos fueran intercambiables, como si significaran lo mismo.

Esta confusión es un clásico y desde hace muchos años está presente, tanto en los medios de comunicación como en el discurso político. Antes y ahora, cuando los agentes sociales –sindicatos y patronales- suscriben un acuerdo en materia salarial se desliza el mensaje de que dicho acuerdo representa la materialización de la política de rentas. Se traslada, igualmente, la idea de que los intereses de las partes convergen en una suerte de pacto social sustentado en la negociación, donde de alguna manera todos ceden y todos ganan.

La hora del pacto salarial