No hay otra economía sin cuestionar el poder

Texto escrito con Miguel Urbán

Uno de los supuestos más queridos por la teoría económica convencional y dominante es que los salarios aumentan cuando la productividad del trabajo mejora. Dada la existencia de ese nexo, al que se otorga la categoría de ley económica, la clave está en llevar a cabo políticas orientadas a propiciar crecimientos en la productividad.

¿Tiene algo que ver la realidad con ese axioma? Ningún parecido. Entre 2000 y 2007, el peso de los salarios en la renta nacional retrocedió en la Unión Europea (UE) un 1,6%; retroceso que se produjo en 17 de las 28 economías europeas. Entre 2010 y 2018 la caída ha sido del 0,8%, afectando al mismo número de países comunitarios (si bien la composición de ese grupo fue algo diferente). Adviértase que en la primera de las etapas consideradas (2000-2007), cuando se lanzó la moneda única, el PIB real de la UE aumentó en términos agregados un 16,9%; el crecimiento fue también positivo entre 2010 y 2018, del 12,6% (sólo Grecia obtuvo en este último periodo un registro negativo). Esta evolución refleja que, en realidad, la trayectoria seguida por los salarios se ha descolgado del curso seguido por la productividad.

Que las teorías económicas colisionan con la abundante evidencia empírica disponible, peor para esta; retorzamos los datos hasta que digan lo que conviene o, mejor todavía, ignorémoslos. Las presunciones ideológicas y los intereses de los privilegiados que los sostienen son para la economía dominante lo primero y, como ya sabemos, terminan por imponerse.

Sin entrar en los factores, diversos y complejos, que determinan el lento e insuficiente avance de la productividad –entre otros, la debilidad de la actividad inversora y la expansión de la financiera-, lo cierto es que el problema, para el asunto que ahora nos interesa -su vinculación con los salarios-, reside sobre todo en cómo se distribuye su mayor o menor crecimiento.

La distribución entre salarios y beneficios, entre las rentas del trabajo y las del capital. Este es el nudo gordiano del problema que hay que dilucidar, y que debe ocupar tanto la reflexión como la agenda pública. Introducir la distribución en el análisis y dotarla de la centralidad que merece implica apuntar al poder, al conflicto, a la política; significa situar la reflexión de los procesos económicos en el espacio complejo, fértil e imprescindible de los grupos y de las clases sociales; supone, en definitiva, colocar la economía en los espacios socioinstitucionales donde actúan actores con desiguales posiciones y estrategias y con diferentes capacidades para hacer valer sus intereses. En ese contexto, no hay ninguna garantía –y mucho menos una ley- que asegure que las ganancias cosechadas en la productividad se conviertan en salarios. Del mismo modo que nada asegura que los beneficios de los empresarios se conviertan en inversión productiva, o que, a través de los impuestos, contribuyan al fortalecimiento de la capacidad financiera de las administraciones públicas.

Esta mirada nada tiene que ver con los rancios e inverosímiles fundamentos de la economía convencional, donde la política, las instituciones, el conflicto constituyen una anomalía, una interferencia en el funcionamiento de los mercados. Estos, regulados por las leyes de la oferta y la demanda y por el principio de la competencia, son, por definición, eficientes. El centro de todo el planteamiento continúa descansando en un “homo oeconomicus” que, utilizando toda la información disponible, toma decisiones racionales. Los factores productivos –trabajo y capital- son recompensados dependiendo de su contribución a la productividad. Un relato donde, como se puede apreciar, no hay clase sociales ni pugna distributiva.

Una teoría económica y una economía de ficción muy conveniente para el poder, pues aleja el foco de la reflexión y de la acción política de los problemas distributivos y de la desigual capacidad de los actores en presencia para apropiarse de las ganancias de productividad.

Pero no hay buena economía, ni economía socialmente relevante si el relato permanece anclado en un mercado sin actores, gobernado por una suerte de mano invisible. ¿Dónde están en ese relato las corporaciones transnacionales –agroalimentarias, industriales, comerciales y financieras-, las grandes fortunas y patrimonios, las elites empresariales, los grandes bufetes, consultoras y firmas de marketing y publicidad, los propietarios de las grandes empresas de comunicación, los lobbies empresariales?

No es fácil disponer de información al respecto, ni hay interés por parte del establishment en proporcionarla. Tampoco ayuda la opacidad de los mercados donde se materializan o se ocultan una buena parte de las transacciones en las que intervienen estos actores. Pero, a pesar de las dificultades, es fundamental poner la lupa en este ámbito, pues es ahí donde se encuentran los principales engranajes y también las disfunciones más importantes de la economía realmente existente; donde encontraremos la respuesta a la desigual distribución de la renta y la riqueza.

 

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Europa, ¿déficit democrático o deriva autoritaria?

Se ha convertido en una moneda de uso común en el relato de una parte de la economía crítica utilizar las expresiones “déficit democrático” o “baja calidad democrática” para hacer referencia al diseño y funcionamiento de las instituciones comunitarias; carencias que obligarían, para conseguir un buen funcionamiento de la zona euro, a introducir mejoras o cambios en el actual marco institucional. Sigue leyendo

Políticas que valen para un roto y un descosido

Las políticas de rigor presupuestario tienen un largo recorrido en Europa y en el conjunto del mundo capitalista.

Desde que el neoliberalismo, en la década de los ochenta, tomó carta de naturaleza y se convirtió en el nudo gordiano del pensamiento económico dominante, la lógica de la estabilidad presupuestaria –reducir los umbrales de déficit y deuda públicos- han impregnado las políticas llevadas a cabo por los gobiernos conservadores y las impulsadas por los partidos socialistas cuando llegaban al poder; con escasas diferencias unas y otras, a pesar de situarse en coordinadas ideológicas contrapuestas. Sigue leyendo

Ocho razones para cuestionar la centralidad de la competitividad en la política económica

Primera

Colocar la competitividad en el epicentro de la política económica supone, por un lado, subordinar a la misma los otros planos de la economía. Imponer que las políticas públicas –por ejemplo, las relaciones laborales, las normas medioambientales, las estructuras tributarias o las regulaciones en materia de salud- se adapten a las exigencias competitivas. Por otro lado, se parte del supuesto –marcadamente ideológico y sin respaldo empírico- de que las ganancias superan a los costes, de que las economías rezagadas serán las mayores beneficiarias del proceso internacionalizador, de que los beneficios obtenidos irradiarán al conjunto de la economía y de que los perdedores encontrarán nuevas y mejores oportunidades con la intensificación de la competitividad. Sigue leyendo

Un gobierno europeísta, ¿y qué más?

El nuevo gobierno socialista y sus ministrxs más destacados se han apresurado para proclamar su “europeismo”. Ante tanto torbellino que circula por Europa, teniendo muy presente el ascenso de la extrema derecha y los populismos, han considerado necesario proceder cuanto antes a despejar dudas y presentar sus credenciales ante la opinión pública y, sobre todo, ante el establishment.

Pero ¿qué significa, en estos momentos, ese término? Para no perdernos en la melodía de unas palabras que pueden indicar una cosa y la contraria, lo primero que hay que exigir a este gobierno (y a cualquier otro), para que sepamos cuáles son sus intenciones, es concreción. A continuación, habrá que pedirle coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. No es poca cosa, estamos acostumbrados a declaraciones vacías y a incumplimientos reiterados.

Sin duda, se apela al europeísmo como sinónimo de progreso, apertura, democracia, solidaridad, salida de la crisis. Pero lo cierto es que en nombre del europeismo se han justificado y se justifican políticas -en las que han tenido arte y parte buena parte de los partidos socialistas europeos; pensemos, por ejemplo, en la indecente y reaccionaria posición de la socialdemocracia alemana ante el gobierno de Syriza; por cierto, no recuerdo que nuestro PSOE la haya criticado- que han empobrecido a las periferias y a los trabajadores, enriqueciendo a las elites y a las oligarquías.

 ¿Significa europeísmo para el nuevo gobierno más Europa para luchar contra los paraísos fiscales y contra los privilegios e irregularidades de las corporaciones transnacionales, llevar adelante un plan de inversiones con un perfil social, ecológico y de género, reestructurar la deuda soberana para abrir la posibilidad de otra política económica, corregir y penalizar la política no cooperativa practicada por Alemania y otros países de su esfera de influencia, legislar desde Bruselas en lo social y lo laboral, aumentar de manera sustancial el presupuesto comunitario y financiarlo con criterios progresivos, gestionar de manera solidaria y democrática el drama de los refugiados?

No lo sabemos. El gobierno recién elegido tendrá que despejar estos y otros interrogantes. Esta será la prueba del algodón de su voluntad política, y no las declaraciones retóricas y vacías sobre su europeismo
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¿Más crecimiento?

Principios intocables. Sólo los indocumentados, maliciosos o aficionados se atreven a ignorarlos o a cuestionarlos. Ninguno más reverenciado –auténtico icono entre los economistas y en las facultades de economía- que el crecimiento. Había que crecer antes y hay que crecer ahora: para que mejoren los salarios y el empleo, para sanear las cuentas públicas, para que aumenten los beneficios y la inversión productiva. Con el crecimiento se saldrá de la crisis; si todavía estamos atrapados en ella es por la insuficiente recuperación del producto. Con el crecimiento, se nos dice, finalmente todos ganan. Salirse de este carril es malo, muy malo, y quien lo haga será estigmatizado de cavernícola y de querer prolongar, por motivos inconfesables, el sufrimiento de la población. Si quien lo dice es un economista, todavía peor pues, además de todo lo anterior, demostraría ignorar el abc de los fundamentos económicos. Sigue leyendo

Italia, Europa, las elites y las izquierdas

Quienes muestran su preocupación por la deriva antieuropeista del nuevo gobierno italiano, al que acaba de dar luz verde el presidente de Italia, Sergio Mattarella, lo hacen en nombre de Europa, de un “proyecto europeo” que, pese a las dificultades e incertidumbres que atraviesa, es un valor a defender; frente a los que, desde los populismos de izquierda y de derecha y desde los nacionalismos autoritarios y excluyentes, quieren dinamitarlo. La línea está trazada, y no es una novedad; el establishment la desempolva cuando siente amenazados sus privilegios. Entre Europa o el caos; civilización o barbarie. Más Europa, ese el camino donde, según este discurso, todos nos podemos encontrar, donde todos finalmente ganamos. Sigue leyendo

¿Reformar la Unión Económica y Monetaria para preservarla y fortalecerla?

Abro estas reflexiones poniendo el énfasis en la necesidad de plantear las preguntas adecuadas, pues, hay que ser consciente de ello, las preguntas y el lenguaje que utilizamos para formularlas contienen o condicionan de manera decisiva las respuestas; en absoluto son inofensivos ni inocentes, ni desde luego están objetivamente predeterminados. Sigue leyendo