Salarios, poder y democracia

¿La economía española puede competir en salarios en la economía global? ¿debe hacerlo? Además del mantra de la austeridad y de la disciplina salarial, se escuchan voces que, apelando a la necesidad de ganar en competitividad, comparan las retribuciones de nuestros trabajadores con las que reciben los de los denominados capitalismos periféricos; algunos empresarios se han convertido en la “punta de lanza” de un planteamiento que no sólo pretende trasladar el mensaje de que los salarios de aquí son demasiado altos (a pesar de la regresión que han experimentado durante los últimos años) sino que el espejo donde debemos mirarnos es China, por poner un ejemplo muy citado y alabado. Sigue leyendo

La Europa de la decepción

Gran decepción por el resultado del referéndum celebrado en el Reino Unido que ha dado la victoria, por un margen bastante amplio, a los defensores de la salida de La Unión Europea (UE). ¿Golpe al europeísmo? Dejemos las cosas claras: el denominado europeísmo languidecía, mucho antes de que se anunciase el referéndum y, por supuesto, trasciende su realización. La alternativa al abandono de las instituciones comunitarias no era un proyecto europeo vigoroso, estimulante y atractivo. Todo lo contrario. Sigue leyendo

Felipe González, el campeón de la democracia

¡Cuánta sensibilidad demuestra Felipe González preocupándose por los presos políticos venezolanos! Hace de tripas corazón y no le importa participar en un acto con José María Aznar, aquel presidente de gobierno que impulsó -eso sí, como actor secundario o como bufón de la corte- la invasion de Irak, provocando decenas de miles de muetos en la guerra y otros tantos a causa de la enfermedad y la desnutrición; invasión que está en el origen de buena parte de los conflictos que vive la región. No he escuchado a este Felipe González, que siente tanta querencia por intervenir en los asuntos políticos de Venezuela, pronunciarse sobre los peligros que supone que al frente de Estados Unidos se encuentre un personaje de la extrema derecha, racista, machista y xenófobo, una amenaza para los trabajadores y un peligro para las derechos humanos y la supervivencia del planeta, que ha puesto al frente de su gobierno a un puñado de megaricos reaccionarios. Hay que ser comprensivos, ¡tiene tanto trabajo con poner orden en Venezuela! Tampoco ha considerado necesario el campeon de la democracia Felipe Gonzalez decír ni pío sobre las persecuciones y asesinatos en Arabia Saudí, o sobre el golpe de estado perpetrado en Brasil por la derecha más reaccionaria, o sobre los miles de refugiados que están muriendo de frío, hambre y enfermedad en nuestra Europa o ahogados en su desesperado intento por cruzar el Mediterráneo, o sobre el peligro que supone el ascenso de la extrema derecha en Francia, Holanda y Austria, o sobre el drama humanitario que está padeciendo la población griega, fruto de las políticas impuestas por la Troica (con la complacencia, por cierto, de la mayor parte de los partidos socialistas europeos). Tan preocupado por los derechos humanos, también podría haber dicho algo sobre la vulneración que supone que mucha gente sufra de pobreza energética o no tenga techo donde cobijarse; aquí, en nuestro país, no hay que irse a Venezuela. Y sobre los asesinatos de mujeres, ¡qué gran oportunidad perdida por este socialista de pro! Pero nada de esto importa, Felipe González, el de las grandes causas, lo tiene claro, Venezuela es su lucha, que solo interrumpe para poner orden en el PSOE, para corregir los posibles desvaríos de quienes pretendían consultar a las bases -¡horror, escuchar a los de abajo, qué despropósito!- y una posible alianza con Podemos, línea roja que la cúpula socialista, con Felipe González (y Susana Díaz) a la cabeza, no ha querido cruzar. Hasta ahí podía llegar este antiguo dirigente socialista, ahora consejero de Gas Natural (actividad por la que se está embolsando una fortuna multimillomaria) y afanado defensor de los derechos humanos en Venezuela.

Algunas reflexiones sobre el euro

 

  1. Resulta tentador –aunque, en mi opinión, erróneo- situar el debate, sobre todo desde la perspectiva de las economías periféricas que están soportando el peso abrumador de las políticas impuestas desde la troika, en el dilema “permanecer o abandonar la zona euro”. Por supuesto, no se debe eludir un debate de enjundia que, además, está cada vez más presente (en el que han tomado posición políticos y economistas de gran renombre), y que, de mantenerse la deriva actual entrará de una manera u otra en la agenda política. Las imposiciones procedentes de la troika en materia de política económica, la estricta condicionalidad de los rescates, la pesada carga que supone atender las obligaciones financieras generadas por la deuda pública y el coste social y productivo que implica satisfacer las exigencias de los acreedores ha lanzado este debate sobre la viabilidad de la unión monetaria y la posibilidad de que algunos países la abandonen.
  2. Hay que tomar distancia de esta aproximación, no tanto porque dicho debate no sea necesario, que lo es, sino porque la clave está, antes que nada, en el contenido de las políticas a implementar, necesariamente determinadas por los diagnósticos y por la emergencia de la actual coyuntura. Sólo desde estas coordenadas es posible abrir una reflexión que, dependiendo de las posiciones en liza, oscila entre quienes abogan por fortalecer la zona euro, añadiendo más gobernanza que corrija las insuficiencias institucionales, y quienes, en las antípodas de esta posición, defienden la necesidad de salida más o menos ordenada y así recuperar herramientas de política económica cedidas por los países cuando renunciaron a sus signos monetarios.
  3. Teniendo en cuenta los desequilibrios estructurales que han causado la crisis y la gestión que han hecho de la misma los gobiernos y las autoridades comunitarias, tomando como base de partida las políticas que sería necesario implementar para avanzar en la dirección de una salida duradera, equitativa y sostenible de la “gran recesión” tenemos que afirmar con contundencia que la Unión Económica y Monetaria (UEM), su formato actual y el que se está promoviendo desde las esferas de poder, colisiona con esos objetivos. Por esa razón, se precisa un viraje sustancial en las políticas y las instituciones comunitarias, viraje que es altamente improbable, si se mantiene la inercia actual, sustentada en una combinación de fundamentalismo, intereses y concepciones erróneas.
  4. Hay otras lógicas económicas, cuya materialización depende de que existan fuerzas sociales y políticas capaces de abrir escenarios, que hagan posible opciones que se alimentan en otra manera de entender la economía. Es posible otra Europa y dentro de ella otra unión monetaria sustentada en los principios de cooperación, redistribución, equidad y democracia; está en el interés de la ciudadanía apostar por esa nueva Europa, por una refundación desde los cimientos mismos del proyecto comunitario, refundación radicalmente distinta de la que están impulsando las elites políticas y las oligarquías.
  5. Al mismo tiempo, no cabe descartar la necesidad de una salida de la UEM para aplicar otra política económica. Del mismo modo que tampoco cabe descartar que algunos países se vean obligados a abandonar el euro o que las propias inconsistencias de la unión monetaria conduzcan finalmente a su disolución. En la situación actual, todos los escenarios están abiertos, si bien parece claro que los intereses de la gran banca y de las empresas transnacionales, tanto de los países del centro como del cinturón periférico, principales jugadores y ganadores de la construcción europea, están mejor representados preservando la unión monetaria (reformada). También apuestan, en principio, porque las economías periféricas se mantengan en la misma, no sólo porque de este modo protegen sus inversiones, sino también porque evitan que una salida desordenada provoque un efecto en cadena difícil de manejar y controlar.
  6. En cualquier caso, una alternativa de salida voluntaria de la zona euro debe ser contemplada con prudencia. Muy posiblemente, los costes derivados de que alguna de las economías periféricas abandonara el euro (mucho más probable que una disolución ordenada o desordenada de la unión monetaria) podrían ser muy elevados a corto plazo, justo cuando más recursos se necesitarían para hacer frente a esa situación de ruptura y para proteger a los grupos de población más vulnerables; algunos de los costes más evidentes serían la fuga de capitales, el agravamiento de la deuda externa y el aumento de las tasas de inflación (como consecuencia de la pérdida de valor de la moneda nacional reinstaurada). ¿Esos y otros efectos negativos serían compensados por la recuperación del manejo de las políticas monetaria y cambiaria? Quienes defienden esta alternativa plantean que ambas políticas podrían ponerse al servicio del crecimiento y de la mejora de la posición competitiva en el exterior. Es difícil decir, por anticipado, si los costes superarán los beneficios o si éstos serán mayores que aquéllos. Téngase en cuenta, al respecto, el desfase temporal entre unos y otros; mientras que, como se acaba de señalar, los costes deberán gestionarse inmediatamente, los beneficios potenciales se obtendrán en un horizonte temporal más dilatado.
  7. Pero quizá lo más decisivo es que nada garantiza que la salida del euro, a pesar de conceder una mayor soberanía a los gobiernos a la hora de gestionar la política económica, abra el camino a una salida progresista de la crisis. En ese escenario, sometidos los gobiernos y los actores sociales a restricciones muy importantes (al menos a corto plazo, donde pueden aparecer tendencias disgregadoras y populistas) puede ser muy difícil articular una mayoría social comprometida con una salida progresista de la crisis.

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¡Más gasto público, más progresividad fiscal!

Con el paso del tiempo, es mayor si cabe la necesidad de propiciar un viraje. Porque la degradación social, política y económica ha superado el rubicón y puede convertirse, si no lo es ya, en irreversible; por la enorme cantidad de recursos que se están dilapidando, lo que hipoteca y condiciona muy negativamente la viabilidad de otras políticas económicas con un diseño alternativo; por el profundo desánimo y escepticismo en que está inmersa la población; por el enorme poder que han acumulado las grandes empresas y los mercados donde articulan sus intereses; por el descrédito de la política y de los políticos; por la incapacidad de las izquierdas de sostener un discurso alternativo y de movilizar las fuerzas necesarias para llevarlo adelante; por la deriva autoritaria y antidemocrática que está emergiendo de la crisis y de la gestión de la misma que realizan los poderes fácticos; y porque las oligarquías económicas y políticas sí han aprovechado su oportunidad y se han hecho más fuertes. Por todo ello urge aplicar un plan de emergencia. Sigue leyendo