Un mapa global heterogéneo, dominado por las asimetrías

Buena parte de los trabajos en materia de convergencia se centran en el comportamiento seguido por el Producto Interior Bruto (PIB) por habitante. Seguiremos en este texto el mismo criterio, si bien no cabe ignorar que una visión más compleja y de mayor calado necesita tener en cuenta otros indicadores conectados con lo que, en términos genéricos, se suele denominar convergencia estructural, que apunta a aspectos como los salarios, la productividad del trabajo y las especializaciones productivas y su contenido tecnológico.

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La Europa de las grandes divergencias

Principio sacrosanto de la economía convencional: La globalización es un juego de suma positiva donde todos ganan y los mayores beneficios los cosechan los países más rezagadas… siempre que se comprometan sin vacilar con la liberalización de los mercados y la apertura de sus economías. En esas condiciones, los “pobres” convergerán hacia el nivel de los “ricos”.

Con más razón, todavía, si nos referimos a la Unión Europea (UE), donde, a diferencia de otros proyectos de integración regional, se habrían diseñado políticas y levantado instituciones con el propósito de redistribuir recursos hacia las economías más débiles. Así, a las “virtudes” del mercado habría que añadir la existencia de una voluntad política comprometida con la convergencia, voluntad que a menudo se ha presentado como el santo y seña del proyecto comunitario, nuestra más preciada identidad. Sigue leyendo