La Europa de la decepción

Gran decepción por el resultado del referéndum celebrado en el Reino Unido que ha dado la victoria, por un margen bastante amplio, a los defensores de la salida de La Unión Europea (UE). ¿Golpe al europeísmo? Dejemos las cosas claras: el denominado europeísmo languidecía, mucho antes de que se anunciase el referéndum y, por supuesto, trasciende su realización. La alternativa al abandono de las instituciones comunitarias no era un proyecto europeo vigoroso, estimulante y atractivo. Todo lo contrario. Sigue leyendo

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Alemania no es el modelo

Texto escrito por Miguel Urbán, Daniel Albarracín y Fernando Luengo

Se ha convertido en un lugar común presentar a la economía alemana como un modelo a seguir y un ejemplo de buenos resultados. Los obtenidos en materia laboral y de equidad constituyen, en nuestra opinión, una de las piedras angulares de cualquier balance. El enfoque convencional (y dominante) ha convertido en un lugar común referirse a Alemania, como si las diferencias sociales no existieran o fueran irrelevantes, y como si las condiciones de vida de todos los habitantes que forman parte de ese país mejoraran en mayor o menor medida con la recuperación de la actividad económica. Sigue leyendo

Una Alemania para otra Europa

El debate europeo no está ocupando un espacio relevante en las elecciones alemanas, centradas sobre todo en los asuntos domésticos. Gran error, pues lo cierto es que la evolución de la economía alemana se ve influida por lo que acontezca en el espacio comunitario, del mismo modo que el presente y el futuro de la Unión Europea (UE) y de la zona euro dependen en buena medida de las políticas que cristalicen en este país. En las líneas que siguen, presento algunas ideas que podrían articular un debate que apunte en la dirección de una economía alemana y una Europa para las mayorías sociales. Sigue leyendo

No a esta Europa

De la crisis económica emerge una Europa más fracturada e insolidaria, una Europa que renuncia a la aplicación de políticas comunes de signo redistributivo, una Europa crecientemente atrapada en la lógica de los mercados financieros y las transnacionales, una Europa más sometida a los intereses de las economías con mayor potencial competitivo, una Europa más oligárquica y antidemocrática. Sigue leyendo

¿Cesión o recuperación de soberanía en Europa? Una cuestión de enfoque

La cuestión de cuánta soberanía conservan los estados nacionales y cuánta se traslada a las instituciones supra estatales ha estado muy presente en la construcción europea. El denominado “proyecto europeo” ha avanzado a partir de la tensión y del equilibrio entre las competencias que los gobiernos cedían a instituciones de ámbito supraestatal y las que permanecían bajo su tutela; el recorrido de las Comunidades Europeas y de la Unión Europea (UE) ha encarnado el avance de las primeras y el retroceso de las segundas; si bien es evidente que los estados han conservado parcelas sustanciales de autonomía tanto en la esfera política como económica. Sigue leyendo

La política salarial alemana: La no Europa

El discurso económico dominante está plagado de lugares comunes, con un marcado perfil ideológico, que se presentan como verdades incontrovertibles, respaldadas por la lógica y la evidencia empírica.

Uno de esos lugares comunes es el que sostiene que el aumento de los costes laborales unitarios nominales (CLUn) registrados en la economía española desde que se creó la zona euro hasta el crack financiero explica la pérdida de competitividad externa, los desequilibrios en la balanza comercial, el continuo crecimiento de la deuda externa y, como colofón de todo ello, la crisis económica. El contrapunto de esos excesos se encuentra en la virtuosa Alemania, austera por tradición y por convicción, donde los CLUn han seguido una senda de moderación.

La política salarial alemana

Macron, Krugman y Europa

Paul Krugman no es un radical de izquierdas, ni tampoco un populista desvariado. Esto lo sabe todo el mundo, pero sí es un observador de la realidad europea atento y reflexivo. Por esta razón, recomiendo la lectura de este artículo. En estos días donde se nos aturde con el mensaje de que votar a Macron -frente a la fascista Le Pen- es apostar por más y mejor Europa. No, no es cierto, es una mentira intolerable que hay que denunciar. Macron representa los intereses de la Europa que ha fracasado, y esto conviene dejarlo claro para no situarnos, voluntaria o involuntariamente, en la ciénaga de la confusión mediatica y política. La victoria de Macron en absoluto representa un paso hacia una Europa mejor, más solidaria y cooperativa, más democrática e inclusiva. Todo lo contrario, con su más que probable triunfo electoral, se consolidan las fuerzas inmovilistas y reaccionarias, la esclerosis burocrática y el desprecio a la gente. ¿Hay alguna razón para pensar que la élite política y económica, a la que Macron representa, dará una solución a la tragedia de los refugiados -tema que, con mucha suerte, encuentro con letra pequeña en las páginas interiores de los periódicos y que ni siquiera se menciona en las televisiones-, a la fractura social, a la desigualdad de género, al insoportable endeudamiento de las periferias, al desafío del cambio climático, al parasitismo fiscal de los ricos? No, no etá en la agenda de este “reformador y renovador” de una Europa que camina a la deriva, cuya agenda ha sido capturada por los poderosos y por una élite burocrática que habita una urna de cristal pletórica de privilegios.

Alemania, ganadora de la integración europea

A fuerza de repetirlo, una y mil veces, se ha convertido en un lugar común. La esforzada y austera Alemania se resiste a acudir en ayuda, o a permitir que lo hagan las instituciones comunitarias, de los despilfarradores países periféricos, que habrían vivido muy por encima de sus posibilidades, consumiendo mucho más allá de lo que producían, exceso que habrían financiado con deuda, entrando así en una espiral de crecimiento insostenible. Alemania también habría soportado buena parte de los costes de las últimas ampliaciones, que han integrado en la Unión Europea a países relativamente rezagados, del mismo modo que habría financiado, en mayor medida que otros, las arcas comunitarias, beneficiándose menos que la mayoría de los recursos distribuidos desde Bruselas. Alemania sosteniendo el edificio comunitario en el que prosperan los más rezagados; Alemania asumiendo los costes y soportando los sacrificios; Alemania como modelo. Este es el mensaje.

Este relato, tan condescendiente con los intereses de las economías ricas del continente y, sobre todo, tan funcional a los poderes dominantes, tanto del norte como del sur, abre diferentes frentes de debate que aquí, por razones de espacio, no puedo abordar. Pongamos el foco en uno de los asuntos centrales: el comercio exterior. Pues bien, en este ámbito, ha sucedido justamente lo contrario de lo sugerido por ese diagnóstico: Alemania es la ganadora indiscutible del proceso de integración comunitario (sin entrar a discutir el asunto, nada banal, de la desigualdad que ha presidido el reparto de esas ganancias entre la ciudadanía y las empresas de ese país).

Desde los años sesenta, la economía alemana ha obtenido excedentes comerciales con la mayor parte de los socios comunitarios. La unión arancelaria, primero, la consolidación del mercado único, después, y la introducción de una moneda común, finalmente, han consolidado un espacio económico integrado que ha beneficiado, sobre todo, a las economías y empresas con mayor potencial competitivo.

Suprimidas las restricciones al libre movimiento de bienes, servicios y capitales, y eliminadas las monedas nacionales (para aquellos países que han decidido compartir la unión monetaria) y con ellas las posibilidades de manejo de los tipos de cambio, ha imperado la ley del más fuerte. Y el más fuerte es, con mucha diferencia, Alemania, que cuenta con un indiscutible potencial industrial.

La política de congelación salarial tan resueltamente llevada a cabo por el gobierno “socialista” de Gerhard Schröder y proseguida por Angela Merkel ha representado un plus de competitividad para las empresas exportadoras, pero nada sería más erróneo que suponer que su proyección en los mercados europeo e internacional, sus superávits comerciales descansan en los bajos salarios (relativamente elevados comparados con el promedio comunitario). Es en la calidad de su industria manufacturera, especialmente en las actividades de media-alta densidad tecnológica, y sus capacidades logísticas y organizativas donde reside su potencial más genuino. Además, las corporaciones alemanas han sabido sacar partido de las privatizaciones y los procesos de apertura de los países procedentes del mundo comunista, antes y después de que una parte de ellos se convirtieran en nuevos socios comunitarios. Con una decidida estrategia inversora, que ha incluido la deslocalización de empresas y centros de trabajo y la subcontratación transfronteriza de procesos fabriles y de servicios que antes se realizaban en territorio alemán, han reducido considerablemente los costes, lo que ha contribuido a la mejora de la productividad y de la posición competitiva. Un euro tradicionalmente fuerte ha facilitado y rentabilizado las operaciones de importación, componentes, partes o productos ensamblados que, además de abastecer el mercado interno alemán, han alimentado los circuitos de exportación.

Así pues, la Unión Europea, enredada en los intereses de los mercados y de las manos visibles que los gobiernan, se ha construido al servicio de la expansión de las corporaciones germanas y, más en general, de las empresas transnacionales. Introduzcamos, pues, más complejidad, y también más sinceridad, en el debate sobre los diagnósticos y las alternativas a la crisis económica. En esa mirada de más calado estamos obligados a reparar en la deriva mercantil del proyecto comunitario, así como en la estrategia mercantilista seguida por la economía alemana; estrategia que ha estado en el origen de los desequilibrios comerciales y financieros que han desencadenado la crisis económica.

Aunque, claro, es más fácil, cómodo e interesante para los poderes fácticos seguir con el mantra de los despilfarrados cometidos por los periféricos. A fin de cuentas, es el discurso que exonera de asumir los costes de la crisis a los que, de verdad, la han provocado.