El Brexit, Europa, los europeistas y las izquierdas

El Reino Unido acaba de abandonar la Unión Europea (UE), el Brexit ya es una realidad. Constituye un precedente histórico de enorme trascendencia por la relevancia de la economía británica, por las consecuencias que tendrá para ésta y para el conjunto de los países comunitarios, y por el impacto geopolítico de la salida, en un escenario dominado por la inestabilidad y la incertidumbre globales. También es trascendente el Brexit porque señala un camino, hasta ahora inexplorado, que podrían seguir otros países en el futuro.

En este contexto, ha faltado tiempo para que se alcen voces reivindicando el denominado “proyecto europeo”, su fortaleza y vigencia, para hacer frente a los populismos desintegradores. Una amenaza real que se pretende conjurar con la llamada a “Más Europa”. Según estos europeístas de pro, situados en coordenadas ideológicas muy dispares, la construcción europea ha seguido desde su nacimiento una hoja de ruta que ha traído bienestar y progreso a la ciudadanía, pese a todas las dificultades, a pesar de las evidentes diferencias existentes entre los países que la protagonizan. Sí, se reconocen errores o carencias, pero el barco europeo navega con rumbo firme en la buena dirección.

Sin embargo, la realidad queda muy lejos de ese discurso autocomplaciente, en el que es imposible reconocerse ni reconocer a Europa. En la que realmente existe han aumentado la desigualdad y la exclusión social, los ricos son cada vez más ricos, mientras que la pobreza aumenta y el nivel de vida de las clases medias se degrada; el desempleo continúa situado en unos niveles elevados, los salarios de la mayor parte de los trabajadores permanecen estancados y las modalidades de empleo precario se generalizan; las diferencias productivas y competitivas entre las regiones y las economías, lejos de corregirse, se acentúan; las corporaciones han sido las grandes ganadoras del mercado único y la unión monetaria, al ampliarse considerablemente su horizonte de negocio; los poderosos y las grandes empresas han conseguido reducir su carga tributaria, disfrutando, además, de paraísos fiscales que operan dentro de Europa con total impunidad; las políticas económicas exigidas desde Bruselas  -contención salarial, ajuste presupuestario y reformas estructurales promercado- no han tenido otro objetivo que salvar la moneda única, preservando y favoreciendo los intereses de los privilegiados y cargando el coste de la crisis sobre las clases populares.

Esa Europa que ha mantenido una posición tibia y claramente insuficiente ante los enormes desafíos derivados del cambio climático y del agotamiento de los recursos naturales; la Europa de la vergüenza que, vulnerando todos los acuerdos internacionales y hasta los tratados constitutivos de la UE, ha puesto un candado en las fronteras para impedir la llegada de personas refugiadas, militarizándolas, externalizando su gestión a partir de acuerdos con regímenes que violan sistemáticamente los derechos humanos y convirtiendo el Mediterráneo en una enorme fosa común; una Europa, en fin, que ha fracasado a la hora de promover una reforma en profundidad de su propio entramado institucional y en la que prevalecen los intereses de Alemania y de su zona de influencia, esto es, su dimensión más conservadora y menos solidaria.

Ni quiero ni puedo reivindicar esta Europa arrogante, elitista y distante, que, en mi opinión, es una de las causas de la desafección de una parte importante de la ciudadanía. Y que explica, al menos en parte, el ascenso de la derecha xenófoba y populista, que ha llevado el debate europeo al terreno identitario, el de la recuperación de la soberanía, oponiéndola al despotismo de la burocracia comunitaria.

Un debate del que, con diferentes argumentos (pretextos), ha dimitido una parte importante de la izquierda europea. Una renuncia que, en el caso del gobierno de progreso que acaba de constituirse en nuestro país, ha supuesto aceptar, tal y como figura en la declaración programática, las reglas del juego definidas por las insoportables e injustas exigencias presupuestarias de la Comisión Europea. Una importante restricción a la hora de aplicar políticas sociales.

El debate y la acción política a escala europea (y global) son fundamentales. La izquierda transformadora tiene que elaborar un relato, a partir de la impugnación de la construcción europea actual, y la necesidad y la posibilidad de poner en pie Otra Europa, que pasa por abrir un proceso constituyente, que debe comprender el diseño y la ejecución de las políticas económicas al servicio de las mayorías sociales, la creación de un marco institucional que la haga posible y la activación de instrumentos y espacios que aseguren la participación de la ciudadanía.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s