Políticas que valen para un roto y un descosido

Las políticas de rigor presupuestario tienen un largo recorrido en Europa y en el conjunto del mundo capitalista.

Desde que el neoliberalismo, en la década de los ochenta, tomó carta de naturaleza y se convirtió en el nudo gordiano del pensamiento económico dominante, la lógica de la estabilidad presupuestaria –reducir los umbrales de déficit y deuda públicos- han impregnado las políticas llevadas a cabo por los gobiernos conservadores y las impulsadas por los partidos socialistas cuando llegaban al poder; con escasas diferencias unas y otras, a pesar de situarse en coordinadas ideológicas contrapuestas.

También ahora, cuando las economías europeas y muy especialmente las periféricas se han visto atrapadas en una crisis económica de proporciones históricas, se apela al ajuste de las cuentas públicas para superarla. Como si ese diseño de política económica tuviera validez universal, cualquiera que sea la coyuntura o la dimensión de los problemas estructurales que las economías deben enfrentar. No es el caso, sin embargo.

En las décadas previas al estallido de la crisis, sobre todo a partir de la decisión de crear la Unión Económica y Monetaria, el rigor presupuestario se convirtió en la clave de bóveda para contener la inflación y reducir los tipos de interés; se creía que unos precios más bajos y un dinero más barato abrirían un escenario de crecimiento, sólido y sostenido. Se suponía, asimismo, que para alcanzar ambos objetivos era necesario actuar sobre la demanda agregada; y muy especialmente sobre el principal factor de perturbación de la misma, un gasto público excesivo, cuya evolución había seguido las pautas marcadas por el pensamiento keynesiano.

Su moderación tendría, según los defensores de estas políticas de signo contractivo, un efecto positivo sobre la tasa de inflación, al existir una menor presión sobre la oferta, y sobre los tipos de interés, al reducirse las necesidades de financiación de las administraciones públicas, se suavizarían las tensiones en los mercados monetarios

No procede en estas líneas valorar las consecuencias de ese diseño de política económica, aunque sí conviene recordar que la reducción del precio del dinero –como se ha dicho, uno de los estandartes de la misma- fue uno de los factores desencadenantes de la intensa financiarización de los procesos económicos, una de las causas centrales de la crisis actual. Por lo demás, una valoración adecuada de lo acontecido en aquellas décadas debe tener en cuenta el “peaje”, los costes de las políticas estabilizadoras, en términos de transformación productiva y de cohesión social, sobre todo para las economías que, como la española, partían de una situación de atraso relativo.

Hay que ser conscientes –y esta es una cuestión fundamental en la reflexión que ahora interesa- que los problemas a los que se enfrentan en la actualidad las economías europeas son muy diferentes de los que se trataban de acometer en las décadas anteriores. En lugar de una deriva inflacionista, las economías se encuentran amenazadas o están instaladas en la deflación; y en lugar de unos tipos de interés elevados, ahora están próximos a cero o incluso son negativos.

Sí, es cierto, existe un problema de demanda agregada, pero de signo radicalmente opuesto al que, al menos en teoría, justificaba las políticas de ajuste presupuestario. Su debilidad  se explica por una diversidad de factores, entre los que cabe destacar: el elevado endeudamiento público y privado y las estrategias de desapalancamiento seguidas por familias y empresas; el cuantioso volumen de recursos absorbido por el sector financiero, que no revierte a la economía social y productiva; los altos niveles de desempleo y la política de represión salarial con la que, erróneamente, se perseguía mejorar la competitividad externa; y la incertidumbre e inestabilidad que acecha la evolución de los mercados.

Pues bien, en lugar de crear las condiciones para superar la crisis, las políticas de ajuste presupuestario, de carácter procíclico, han acentuado la debilidad de la demanda agregada, atrapando a las economías que las han aplicado –las periféricas, en mayor medida- en un bucle del que es muy difícil salir. Estas políticas, además, han destruido mucho capital productivo y social.

Si los resultados han sido tan decepcionantes, ¿cómo se explica que la lógica de la estabilidad presupuestaria se haya mantenido contra viento y marea? Se trata de una pregunta cuya contestación exige considerar y sopesar diferentes factores. Pero estoy convencido que una explicación convincente debe poner sobre la mesa los intereses de los poderosos –las oligarquías económicas, las elites políticas, los países con mayor potencial competitivo- que las han encontrado, antes y ahora, muy rentables para consolidar sus posiciones de privilegio.

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