Ocho razones para cuestionar la centralidad de la competitividad en la política económica

Primera

Colocar la competitividad en el epicentro de la política económica supone, por un lado, subordinar a la misma los otros planos de la economía. Imponer que las políticas públicas –por ejemplo, las relaciones laborales, las normas medioambientales, las estructuras tributarias o las regulaciones en materia de salud- se adapten a las exigencias competitivas. Por otro lado, se parte del supuesto –marcadamente ideológico y sin respaldo empírico- de que las ganancias superan a los costes, de que las economías rezagadas serán las mayores beneficiarias del proceso internacionalizador, de que los beneficios obtenidos irradiarán al conjunto de la economía y de que los perdedores encontrarán nuevas y mejores oportunidades con la intensificación de la competitividad.

Segunda

La lógica de la competitividad es la de “todos contra todos”, confiando de que de esa realidad surge un beneficio global. Se omite en este razonamiento que, precisamente, la competencia global, en un contexto de mercados crecientemente desregulados, está en el origen de la crisis. Y lo más importante, se ignora que la superación de la misma, la construcción de Otra Europa y, posiblemente, la propia supervivencia del capitalismo precisan la implementación de políticas cooperativas.

Tercera

El argumento de la competitividad apela, sin reservas, al crecimiento como motor de la actividad económica, crecer en el mercado interno y crecer asimismo en el mercado internacional. Dado que a esta receta se le supone validez universal, es, por lo tanto, aplicable a todas las economías. Se supone así –de manera explícita o no- que el planeta está en condiciones de soportar este modelo y que los problemas de sostenibilidad que provoca tienen solución con la aplicación de nuevas tecnologías. No se tiene en cuenta, por lo demás, que la naturaleza depredadora del actual sistema económico –tanto la manera de producir como la de consumir- nos ha situado desde hace tiempo en una encrucijada donde la lógica de las cantidades debe ser radicalmente cuestionada.

Cuarta

El objetivo de la competitividad es aumentar las exportaciones y ganar cuota de mercado frente a los rivales. Esta es la hoja de ruta para sanear las balanzas de pagos y aminorar la deuda externa. De nuevo hay que recordar que para el pensamiento económico dominante este es el camino “virtuoso” que deben seguir todas las economías. Se omite, de este modo, que los superávits de unas son los déficits de otras, que el ahorro de las primeras es la deuda de las segundas. Y que, en definitiva, esta configuración asimétrica está en el origen de la economía basada en la deuda y ha sido uno de los factores desencadenantes de la crisis.

Quinta

Quienes defienden la competitividad como principio vertebrador de la política económica suelen pasar por alto que el espacio donde se desarrolla la pugna competitiva en absoluto es plano, sino que está profundamente desnivelado. No sólo por la evidente carencia de instituciones globales con capacidad y con vocación de gobernar la globalización, sino porque la agenda institucional ha sido capturada por los grandes grupos económicos y corporaciones, los cuales fijan las reglas del juego, apropiándose de las ganancias que se puedan derivar de las transacciones globales.

Sexta

Ni la tierra es plana, ni las capacidades competitivas de los países a los que se recomienda o exige abrir sus economías y lidiar en los mercados globales están equitativamente repartidas. Todo lo contrario. Las estructuras productivas y comerciales existentes entre los países son muy diferentes. Unos, cuentan con un potencial que les sitúa en posición de ganadores, mientras que la mayoría ocupan una posición subordinada y periférica en la división internacional del trabajo y en las cadenas globales de creación de valor, estando, en consecuencia, en el grupo de los perdedores. Competir en un mercado global atravesado de estas disparidades, donde los principales jugadores son las empresas transnacionales, contribuye a mantener y reproducir, en lugar de corregir, las asimetrías de partida.

Séptima

La centralidad dispensada a la competitividad supone que las economías se hacen más dependientes y más vulnerables al entorno exterior y a las manos visibles e invisibles que gobiernan la globalización. Queda, de este modo, seriamente condicionada y limitada la capacidad de intervención y el margen de maniobra de los actores –económicos, sociales y políticos- que operan en los espacios estatales y locales.

Octava

El discurso dominante sostiene la conveniencia de la moderación salarial, para fortalecer las posiciones competitivas y, en términos más generales, como principio inspirador de una buena política económica. Además de la debilidad del argumento que asocia contención –o represión- de los salarios y ventaja competitiva, cabe una reflexión de mayor calado. En un escenario donde, como se ha comentado antes, todos compiten o deben competir en el mercado global, y donde se ha asistido a una profunda quiebra institucional a favor de las rentas del capital, la presión sobre los salarios y sobre las condiciones laborales no tiene límites. No es que los modelos redistributivos anteriores ya no lo sean; se trata de que las reglas del juego –la exigencia competitiva forma parte de las mismas- y la correlación de fuerzas entre los actores han cambiado sustancialmente.

Soy plenamente consciente de que el debate sobre la competitividad y el papel de la misma en las estrategias de salida de la crisis, muy necesario, es complejo y poliédrico, no admite simplificaciones. Las consideraciones desgranadas en estas líneas, sucintas e inevitablemente esquemáticas, no tienen otro propósito que contribuir a abrir el foco de un debate que, en mi opinión, se aborda con grandes sesgos.

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