Corrupción política y poder

¿Corrupción Política? Cada día nos despertamos con un nuevo episodio, como un rayo que no cesa: concesiones a dedo, sobornos, tráfico de influencias, prebendas a amigos y familiares, dinero público sustraído y colocado en paraísos fiscales y un sinfín de desmanes cometidos por políticos sin escrúpulos. En algunos casos, de manera sibilina, en otros, a la luz del día; siempre, con la arrogancia y la impunidad de quienes pensaban, y así ha sido durante mucho tiempo, que estaban al abrigo de todo control, rodeados de los “suyos” o de los “otros”, todos arrimando el hombro para obtener tajada de tan suculento festín.

La mayor parte de nuestra información procede, así de pobre es, de los medios de comunicación, en una continua pelea por colocar titulares que permitan vender sus productos y ampliar el mercado, y de las incursiones de algunos jueces. Pero no sabemos con certeza, ni siquiera de manera aproximada, ni creo que lleguemos a saber en el futuro, el verdadero alcance de la corrupción. Tan sólo ha salido a la luz la punta del iceberg del infame, obsceno e ilegal negocio al que se ha entregado una parte de la clase política.

Duele y ofende. Esos mismos políticos, los que han hecho caja con todo tipo de prácticas deshonestas, son los que repetían y todavía repiten hasta la saciedad el mantra de que teníamos que apretarnos el cinturón pues habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades; son los que apelaban y apelan a la austeridad, al esfuerzo compartido, a la solidaridad para salir de la crisis; los que una y otra vez proclamaban y proclaman con todo el descaro del mundo la necesidad de moderar los salarios para que las empresas ganen competitividad; esos mismos políticos son los que anuncian, sin rubor, la buena nueva de que, por fin, estamos divisando el final del túnel, ¡ellos, que nunca han estado dentro del mismo!

¿Toda la clase política? No, en absoluto, pero, seamos claros, son muchos los escándalos y muchos los políticos involucrados. Además, la respuesta de los partidos mayoritarios, cuando ha existido, cuando no se ha limitado a tapar las inmundicias de los suyos y a diluir y ocultar las responsabilidades, ha sido tardía, tibia e insuficiente, en algunos casos comprensiva y condescendiente, y nunca decidida a “tirar de la manta”. Antes, la retórica al uso era “yo no he sido, yo no lo sabía, tú más”, ahora, son lugares comunes afirmaciones como “castigaremos a los culpables”. Pero lo cierto es que sólo hay eso, retórica vacía de contenido, y que no han promovido investigaciones rigurosas encaminadas a desvelar y perseguir a los culpables y las tramas políticas y privadas que han alimentado la corrupción, y mucho menos aún han informado y movilizado a la ciudadanía, que es mucho más y algo distinto que acudir a los tribunales.

No me extraña que la gente eche pestes de la clase política, como si todos fueran iguales, como si el destino y el objetivo de todos, -el de los más honestos también, tarde o temprano- fuera meter la mano en la caja pública; este sentimiento se extiende asimismo a la política, como si, en definitiva, fuera un espacio ocupado por trúhanes. De todo ello, saca réditos el poder, que necesita, para mantenerse y reproducirse, una ciudadanía inactiva, descontenta pero inactiva, frustrada pero inactiva. Que la gente, harta de todo, dé la espalda a la acción social y política. Ese es el mejor escenario para que las elites conserven el chiringuito.

¿Casta? Sí, hasta la médula, a la que hay que desalojar del poder, de ese universo de privilegios en el que vegetan; sacarles de la urna de cristal donde habitan, tan plácida y holgadamente, tan lejos de la gente, de sus problemas, tristezas y miserias. No quieren ver los rostros del sufrimiento y de la angustia. ¿Para qué? sólo quieren sus votos cuando toquen elecciones. Ellos, la casta, se limitan a ofrecer, de tanto en tanto, datos convenientemente cocinados, desvirtuados y amañados. Y que todo siga igual, que prosiga la fiesta.

Corrupciones y corruptelas, sí, pero no sólo. Se trata, también y sobre todo, de elites y privilegios, de ocupación de las instituciones, de endogamia, de transacciones de favores e información, de ausencia de control y responsabilidad.

Y en ese mundo también encontramos, y no en calidad de actores secundarios, una parte de la clase empresarial y de los grupos económicos privados, y no están como actores secundarios atrapados en las perversiones de los malvados políticos, sino como activos y decisivos promotores de todos tipo de opacidades e irregularidades. Los que se dejan corromper y los que corrompen. También, los que, situados en la cúspide de la pirámide social, a la cabeza de las grandes corporaciones, gozan de todo tipo de privilegios, legales o ilegales, concentran grandes fortunas y poseen grandes patrimonios, simplemente por el hecho de estar o de haber nacido arriba, de tener el poder, en suma. Estos pasan por ser los “hombres y mujeres de la patria”, los representantes de un sector privado inmaculado frente a una política contaminada. ¡Cuánta mentira y desvergüenza hay en el discurso dominante! En otro momento dedicaré unas líneas a poner el foco en este deliberadamente ignorado ángulo desde el que contemplar la corrupción y los privilegios, que no son la misma cosa, pero están muy relacionados.

Ahora sólo me queda decir para concluir que la corrupción, pública y privada, junto a los desorbitados y extravagantes privilegios que disfrutan las elites y las oligarquías, son un cáncer que hay que extirpar. Constituyen un formidable tapón que bloquea la posibilidad de avanzar hacia una economía y una sociedad decentes.

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