Nadie es imprescindible en Podemos

En efecto, nadie es imprescindible, o nadie debería serlo. Esto vale también para los compañeros que, con inteligencia, audacia y generosidad, lanzaron la idea de Podemos, sabiendo interpretar y convertir en expresión política el hartazgo que existía en amplios segmentos de la ciudadanía y que tuvo como hito más significativo la ocupación de calles y plazas en el 15M.

Defender el principio de que nadie es imprescindible hasta sus últimas consecuencias debería formar parte de la quintaesencia de Podemos, convertirlo en un componente fundamental de una nueva manera de situarse en la política, que la gente sencilla, los de abajo, agradecerían. Está, con razón, muy extendida la idea de que los políticos forman un grupo cerrado –donde las diferencias ideológicas son virtualmente irreconocibles- que entra en las instituciones para saquearlas; políticos que nunca encuentran el momento de dar un paso atrás y volver a ser infantería, que acumulan poder y cargos (y con ello suculentos ingresos y privilegios) y que se consideran irremplazables, únicos. Esta cultura es un verdadero cáncer que hay que erradicar.

Para romper con la vieja política, que reproduce las elites, hasta convertirlas en casta, necesitamos comprometernos con una profunda democratización de Podemos, que ahora depende, en exceso, de personalidades y personalismos propios de un partido piramidal y jerárquico. Democratizar significa que, a todos los niveles de la estructura orgánica, adquieran relevancia los espacios de decisión colectiva y cooperativa, se aplique el principio de una persona un cargo (lo mismo en lo que concierne con nuestra presencia en las instituciones), se asegure un funcionamiento que permita la expresión y una adecuada representación de la diversidad de visiones que inevitablemente convive entre nosotros, y que tanto nos enriquece. Significa, asimismo, regular y aplicar la rotación en los puestos de responsabilidad, orgánica e institucional, precisamente para que nadie se crea imprescindible y porque los que están arriba también deben saber estar abajo (me viene a la cabeza el pobre espectáculo que, en este sentido, hemos dado en el Consejo Ciudadano de la Comunidad de Madrid y en nuestro grupo parlamentario).

Si realmente creemos en lo colectivo, en lo común, tenemos que habilitar un funcionamiento de los círculos genuinamente democrático. Los círculos tienen que ser espacios de acción y de reflexión y deben convertirse en el pilar donde descanse el proyecto político de Podemos; trabajando, codo con codo, con colectivos y plataformas para transformar la insatisfacción y la frustración de la gente en propuestas y movilizaciones, defendiendo y apoyando las luchas de los trabajadores, exigiendo que las instituciones recojan las demandas de la sociedad, reclamando que nuestros representantes rindan cuentas y abran cauces de participación. Todos somos prescindibles, pero un Podemos transformador no puede prescindir de unos círculos comprometidos con la acción ciudadana, que dé sentido y oriente nuestra intervención en las instituciones.

Los poderes económicos, políticos y mediáticos,  están orquestando una guerra sin cuartel encaminada a “prescindir” de Podemos. No me sorprende. Hemos llegado mucho más lejos de lo que nunca hubiera soñado la izquierda tradicional y nos hemos convertido en una fuerza que amenaza el estatus quo, los privilegios de los que durante décadas se han dedicado a meter el saco en las arcas públicas y en el patrimonio de todos, a convertir la economía en un próspero negocio que ha enriquecido a una minoría, que para más inri nos ha llevado a una crisis de proporciones históricas.

En esta guerra, la pieza más codiciada tiene nombre y apellido, Pablo Iglesias, al que se presenta como un talibán de la política, como un radical y un extremista que no sólo bloquea cualquier acuerdo con el PSOE, sino que, con su invitación a la lucha en las calles y en las plazas, dificulta una intervención responsable y ordenada en las instituciones, un populista demagógico y errático cuyo único objetivo es controlar con mano de hierro el partido. El contrapunto de este personaje sería Íñigo Errejón, razonable, dialogante, flexible, abierto a suscribir acuerdos con el PSOE, alejado del extremismo irredento de Pablo Iglesias. Con estos mimbres –superficiales, pero eficaces- se ha armado una campaña mediática –que la torpeza de “pablistas” y “errejonistas” ha alimentado sin cesar- destinada a debilitar a Podemos y a confundir a la mucha gente, inscritos o no, que se sienten representados en un partido que, pese a todo, pese a todos los errores cometidos, conserva toda su frescura y potencial transformador. Una pieza fundamental de esta estrategia es la alianza entre el Partido Popular y el PSOE (que es difícil, pero no imposible, que pueda caer más bajo), con el concurso de Ciudadanos como socio menor.

Esta campaña ganará, sin duda, intensidad, dado lo mucho que se juegan las oligarquías económicas y las elites políticas. Y como también es mucho lo que nos jugamos en Podemos y lo que está en liza para la gente -que, no lo olvidemos nunca, tiene problemas reales que poco o nada tienen que ver con los dimes y diretes que inundan las redes sociales- debemos detener la escalada del irresponsable cruce de advertencias, amenazas, descalificaciones… de unos y de otros, con las que nos desayunamos cada mañana.

En vísperas de la celebración de Vista Alegre II, pido mucho más que un acuerdo de pacificación y de reparto de las esferas de influencia y de los espacios de poder entre Iñigo Errejón y Pablo Iglesias, ambos con sus respectivos apoyos. Si el circo mediático se intenta cerrar con un entendimiento de estas características, si el debate de ideas queda, una vez más, postergado, si fracasamos en la construcción de un Podemos abierto, participativo, democrático…en ese caso, habremos perdido una gran oportunidad para convertirnos en un imparable factor de transformación.

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