¿Qué demonios quieren los inmigrantes?

Quiero referirme en estas líneas a las migraciones que no han dejado de crecer en los últimos años. Las que protagonizan personas de todas las edades que huyen de las hambrunas y las guerras; también de las devastadoras consecuencias del cambio climático (que afecta a la vida de todos, pero que lo padecen especialmente los pobres del planeta). Las que incomodan, preocupan y perturban al establishment, y que no queremos tener cerca. Las que sólo son cabecera de los medios de comunicación cuando vienen asociadas con grandes tragedias humanitarias; luego pasan a lugares periféricos de las páginas interiores de los periódicos de gran tirada, para desaparecer a continuación, sin dejar huella.

De esta migración apenas tenemos constancia estadística. ¿Cuál es la cifra, siquiera aproximada, de ahogados en las azules aguas del mar mediterráneo, ese terrible y enorme cementerio? ¿y la de los refugiados que han perdido la vida a causa del hambre y la enfermedad, en campos de concentración o vagando sin rumbo, acosados por las policías fronterizas?

¿Qué hacer con esta marea en ascenso que golpea con furia y desesperación las puertas de una Europa intransigente y extraviada, convertida en fortaleza? ¿Cómo afrontar el desafío migratorio?

Los partidos que tienen por bandera el racismo y la xenofobia, la extrema derecha que no deja de ganar espacio social y político en la Unión Europea, lo tienen claro: expulsar a los que viven con nosotros y levantar murallas para frenar el acceso de los que quieren entrar. El discurso -mentiroso, demagógico y cínico- que utilizan para ganarse el apoyo de un electorado desconcertado y golpeado por la crisis, asqueado de la política y de los políticos del sistema, de derecha y de izquierda, consiste en responsabilizar al inmigrante del desempleo y de los bajos salarios. Aunque lo cierto es que los inmigrantes también son víctimas, soportan condiciones de trabajo y de vida cercanos al esclavismo (salarios ínfimos, jornadas interminables e irregulares, ausencia de derechos, viviendas insalubres).

Frente a tanto despropósito y desvarío, me reconozco en esas otras miradas que insisten en que la inmigración ha sido uno de los pilares del crecimiento de nuestras economías o que es clave para detener e invertir el envejecimiento de la pirámide población. Que advierten, asimismo, que cerrar a cal y canto las fronteras comunitarias e impedir el libre movimiento de personas, además de ser un empeño condenado al fracaso, porque no es posible embridar el caballo desbocado de la desesperación, contraviene principios básicos de la primitiva y ya muy lejana idea de Europa; esa que pretendía enarbolar las banderas de la libertad y la ciudadanía, que consagraba entre sus libertades fundamentales el libre movimiento de personas y que se presentaba al mundo como tierra de asilo.

Pero tengo el convencimiento de que es imprescindible ir mucho más allá de esas consideraciones, esto es, apuntar a las causas que explican el formidable boom migratorio que estamos viviendo y el que nos espera en los próximos años y décadas.

En este sentido, hay que tener claro que, como apuntaba antes, la mayor parte de la población migrante es el resultado de un dramático y drástico proceso de exclusión y expulsión. Por esta razón, no es acertado afirmar que la gente se desplaza a otros países (lo intentan al menos) en busca de una vida mejor o de las oportunidades que no encuentran en los suyos. No resulta menos equívoco proclamar la necesidad de equiparar el libre movimiento de mercancías, servicios y capitales con el de personas y fuerza de trabajo. Como si una globalización más justa y equilibrada fuera la solución del problema que nos ocupa.

La mayor parte de los migrantes han sido arrancados de su tierra por la fuerza, en contra de su voluntad, han dejado atrás su vida, sus raíces, su cultura, su familia y amigos (muchos de ellos han dejado también deudas impagables). Digámoslo con claridad: muchos no querían recorrer el camino de la emigración, plagado de dificultades, sufrimiento e incertidumbres.

Y Europa, por hablar de lo que nos concierne, tiene mucho que ver con ese proceso de exclusión y expulsión. Sí, somos parte del problema. Por citar algunos de los factores, de muy diversa naturaleza, que han contribuido al mismo: el lucrativo negocio de la venta de armas a países, zonas, y grupos en conflicto, al que se han entregado sin ningún pudor las empresas y los gobiernos occidentales; una diplomacia y una política exterior centrada en el control de recursos naturales y minerales estratégicos; la participación de los grandes bancos transnacionales en la financiación por medios opacos de los movimientos terroristas; el continuo recorte de la ayuda pública al desarrollo; el mantenimiento de trabas que limitan las exportaciones procedentes de los países más atrasados; y la casi nula relevancia  que tiene en la agenda internacional la lucha contra el cambio climático.

Cuestionar de raíz esta agenda internacional es la clave de bóveda para enfrentar las tensiones migratorias. Pero para ello necesitamos otra Europa que encabece una acción internacional inspirada en los valores de la cooperación, la paz, la cohesión social, la lucha contra la pobreza, la igualdad y la sostenibilidad.

 

 

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