¿Por qué razón la represión salarial no crea empleo?

  1. Porque el supuesto intercambio (trade-off) entre salarios y empleo se sostiene en un planteamiento teórico equivocado, en virtud del cual la creación de puestos de trabajo depende, en una relación inversa, de las remuneraciones de los asalariados. Así, la moderación o reducción de éstas, si se permitiera que los mercados funcionaran libres de trabas, absorbería la fuerza de trabajo excedentaria (desempleada) hasta alcanzar el pleno empleo. En este escenario, sólo cabría imaginar el desempleo voluntario o también el que se deriva de la existencia de una información insuficiente entre oferentes y demandantes y de restricciones al libre movimiento de factores productivos. Esta teoría, por simple (simplista) que pueda parecer ha inspirado las políticas de gobiernos de distinto perfil ideológico. Tiene la “virtud” –es acaso uno de los factores que explica su longevidad y su vigencia entre nosotros- de que culpa a los trabajadores que tienen un empleo del desempleo; por tener salarios demasiado elevados o por resistirse a que se ajusten a la baja.
  2. Porque las políticas salariales impulsadas desde Bruselas y aplicadas por los gobiernos europeos, especialmente por los meridionales, han tenido un efecto contractivo sobre la demanda interna, bloqueando la reactivación de la actividad económica. Este bloqueo se ha producido por dos vías. La primera, al incidir negativamente sobre el consumo de la población –crucialmente determinado por los salarios- ha reducido el mercado de las empresas que ofrecen bienes y servicios conectados con la demanda final, penalizando asimismo a las que fabrican bienes de inversión; todo lo cual ha contribuido a que mantengan ociosa una parte importante de su capacidad productiva. En segundo lugar, la deriva salarial ha afectado también de manera negativa a la formación de las expectativas de negocio de las empresas, que, enfrentadas a un escenario de incertidumbre y de riesgo, han limitado sus inversiones, con el consiguiente impacto desfavorable sobre el crecimiento potencial.
  3. Porque las políticas de devaluación interna –eufemismo que oculta la verdadera intención de los gobiernos: reducir los salarios de la mayoría de los trabajadores- tienen un carácter pro cíclico, agravan la crisis, en lugar de crear las condiciones para su superación. En un contexto macroeconómico dominado por los altos niveles de deuda de familias y empresas, estimulada por un modelo de crecimiento financiarizado, apelar a la contención salarial- y a la reducción del gasto público- sólo puede tener un efecto de “bola de nieve”. El resultado es que las economías quedan atrapadas en un bucle recesivo y deflacionista del que es muy difícil y costoso salir.
  4. Porque los supuestos efectos positivos de la moderación salarial no se han materializado, o han sido más débiles que los de signo negativo. La recomposición de los márgenes de beneficio –efecto de corto plazo de la moderación salarial- ha tenido un impacto limitado sobre la actividad inversora, que, como se acaba de indicar, depende sobre todo del comportamiento esperado del mercado y de la formación de las expectativas empresariales. La mejora de los márgenes ha sido utilizada para reducir los todavía elevados niveles de endeudamiento de las firmas y, en su caso, alimentar los circuitos financieros, en plena expansión. Resulta asimismo discutible el muy proclamado efecto positivo que la moderación salarial tendría sobre la competitividad externa de las empresas. Dicha competitividad depende menos del pack salarios/costes/precios que del contenido tecnológico y de la posición de gama de los bienes y servicios ofrecidos en el exterior. Pero en este ámbito, el de las políticas estructurales que apuntan a la modernización y la sostenibilidad de nuestro tejido productivo, los progresos han sido a todas luces insuficientes, apreciándose, en esferas trascendentales, como la investigación, la educación o la inversión pública- retrocesos sustanciales.
  5. Porque la reforma laboral aplicada por el gobierno del Partido Popular –y las anteriores, impulsadas por gobiernos socialistas- han dinamitado los cimientos de la negociación colectiva, contribuyendo en paralelo a la consolidación de una cultura empresarial inercial y conservadora. En este escenario, se han abierto camino políticas, de escaso recorrido y corto aliento, pues sólo persiguen ganancias inmediatas, y que, además, han bloqueado el cambio estructural que precisa nuestra economía. El recurso a la intensificación de la explotación –bajando los salarios, prolongando la jornada laboral, exigiendo la realización de horas extraordinarias no pagadas y reformando los ritmos de trabajo- han limitado poderosamente la creación de empleos y se sitúan en las antípodas de lo que la Organización Internacional del Trabajo denomina como empleo decente. Por el contrario, el restablecimiento de la negociación colectiva, la democratización de las relaciones laborales y el ejercicio de los derechos ciudadanos dentro de los centros de trabajo constituyen las piedras angulares de una estrategia ocupacional digna de tal nombre.

 

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