Tarjeta roja a la monarquía

Los discursos que nos regala cada año la monarquía  –los de Juan Carlos, antes, y los de Felipe, ahora-, aburridos y monocordes. Los he vivido siempre, cuando los he visto o escuchado, con una mezcla de fatiga e inevitable rutina antes de la cena familiar. Pero en esta ocasión estaba más atento que en las precedentes. Tenía interés por ver la reacción  de la institución monárquica ante la situación política surgida tras las elecciones, tan nueva para todos y tan esperanzadora para los que anhelamos un cambio progresista en este país.

El mensaje se retransmitió desde la suntuosa Sala de Tronos, en el Palacio Real. Felipe precisó que había elegido ese espacio por ser de todos y porque  lo quería compartir con todos. ¡Cuánta generosidad! Un gesto que, sin duda, será muy bien recibido por los desahuciados por los bancos, por los que viven por debajo del umbral de la pobreza, por los que carecen de un empleo o por los tienen uno que tan sólo puede ser calificado de indecente, por los que han visto cómo se desplomaban sus salarios, por los que no pueden mantener calientes sus viviendas… Sí, todos ellos habrán valorado en su justa medida el gesto del monarca, tan generoso, tan cálido.

Su discurso pasó de puntillas sobre la tragedia  social de la desigualdad, que no ha dejado de aumentar durante los últimos años, hasta situar a nuestra economía entre las más inequitativas de la Unión Europea. ¿Se ha prodigado más sobre la corrupción? En absoluto, ni una sola mención. Quizás porque la monarquía  borbónica también se ha sumado al lucrativo negocio de saquear el patrimonio público. ¿Y sobre las mujeres asesinadas? Ni una palabra. No le parecerá de suficiente relevancia que 54 mujeres hayan perdido la vida a manos de sus parejas o exparejas. Una cifra y una realidad tan sangrante que bien hubiera merecido una reflexión del jefe del Estado.

Si nada de lo anterior ha aparecido en el mensaje real, si las referencias a otros asuntos, como los atentados de París o el drama de los refugiados han sido leves, entonces ¿de qué ha hablado? Casi todo el tiempo de su discurso lo ha consagrado a realzar la unidad de España, su historia  y el orgullo  de sentirse español, advirtiendo del peligro de destruir tan precioso legado; todo ello salpicado con imprecisas referencias a la necesidad del diálogo. Retórica muy cercana a la utilizada por los partidos del régimen, diría que tomada sin pudor de unos partidos que, obstinadamente, se niegan en redondo a que la ciudadanía de Cataluña ejerza su derecho a decidir sobre su vinculación con el estado español.

Así ha sido el discurso real, con clamorosas lagunas y con un inaceptable sesgo partidista. Así es el máximo símbolo de la institución monárquica que heredamos de la dictadura franquista.

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