Bruselas entra en la campaña electoral

¿Creíamos que lo habíamos visto todo? Pues no… y lo que nos espera. La Comisión Europea acaba de descolgarse con un nuevo informe sobre la economía española, del que, cuando escribo estas líneas, sólo se conocen los resúmenes aparecidos en la prensa escrita. En el texto, además de valorar la situación actual de nuestra economía, se deslizan, como es habitual, un conjunto de “recomendaciones”.

Una de ellas es, no podía ser de otra manera, proseguir e intensificar la reforma laboral. Como si no fuera suficiente la realizada por el Partido Popular, en la misma línea que las llevadas a cabo anteriormente por el Partido Socialista Obrero Español.

No han servido para eliminar la dualidad del mercado de trabajo y no han resuelto el drama del desempleo, han aumentado la precariedad laboral y han colocado a un porcentaje cada vez mayor de trabajadores por debajo del umbral de la pobreza.  ¡Qué más da! han conseguido los objetivos fundamentales, una suerte de agenda oculta cada vez más visible: llevarse por delante la negociación colectiva en muchas empresas y centros de trabajo, reducir los salarios y prolongar la jornada de trabajo.

Más poder para el capital, para los que se han enriquecido con la crisis, para los que han visto la Gran Recesión como la gran oportunidad para promover la Gran Transformación, de la que sale un capitalismo con un marcado y creciente perfil extractivo. Gran negocio, en definitiva. Este es el mensaje de Bruselas: seguir por la misma senda, acabar el trabajo iniciado y vencer las resistencias que aparezcan en el camino. Lo de siempre.

La Comisión Europea, además, ha entrado, como un elefante en una cacharrería, en la campaña electoral. No sorprende, hay precedentes y algunos muy cercanos.

Bruselas advierte, haciendo gala de un autoritarismo inaceptable, que el gobierno que salga de las urnas el 20D tendrá que cumplir de manera escrupulosa los objetivos de déficit y deuda públicos, en los plazos fijados por las instituciones comunitarias (eso sí, manga ancha cuando se trata de aumentar los gastos militares para financiar la aventura guerrera a la que se han lanzado varios países europeos). No sólo eso, se afirma que serán necesarios más ajustes –léase, más recortes sociales- y dar nuevos pasos en la reforma del mercado de trabajo –léase, continuar con el proceso de desregulación de las relaciones laborales-.

Nada de esto es nuevo; ya lo vimos hace poco en Grecia. La utilización, sin ningún pudor, del Banco Central Europeo para poner contra las cuerdas al sistema financiero y a la economía griegos, con el único propósito de destruir a Syriza y cerrar el camino a una política económica al servicio de la mayoría social.  Todo un aviso para navegantes, para aquellos partidos que en la agitada periferia meridional se atrevieran a desafiar las reglas del juego, el estatus quo vigente.

Algunos pensaron, erróneamente, que nosotros no éramos Grecia (y, en efecto, no lo somos desde el punto de vista de la situación macroeconómico, la griega mucho más débil y vulnerable), pero resulta que para las elites políticas y económicas que gobiernan a su antojo el denominado proyecto europeo, nosotros sí somos Grecia. Y han tomado buena nota de la experiencia griega para evitar los riesgos, amenazas e incertidumbres que se derivarían de que nuestro país siguiera el rumbo de Syriza (ahora completamente extraviado).

Estamos ante una nueva injerencia en los asuntos internos de un país miembro de la Unión Europea que en pocos días consultará a la ciudadanía en unas elecciones generales que, con toda seguridad, cambiarán el mapa político del estado español. Bruselas entra en campaña a favor de los poderosos, con la intención de condicionar el voto de la gente, introduciendo el miedo e intentando marcar la hoja de ruta que habrá que seguirse, cualquiera que sea el gobierno que surja de los comicios. La peor Europa, la más autoritaria, una caricatura de la Europa democrática que tantas veces se proclama.

Por todo ello, urge abrir un debate, más allá de las contingencias electorales, sobre la camisa de fuerza que representa esta Europa, sobre los límites que supone la existencia del Pacto Fiscal y el Semestre Europeo para realizar una política para la mayoría social, sobre las carencias y vicios de las instituciones en las que descansa la moneda única y sobre la captura de los espacios comunitarios por parte de las empresas y los lobbies. Nada sería más decepcionante que sustituir ese debate, y las propuestas que tendrían que culminarlo, con una cascada de declaraciones a favor de cumplir, con flexibilidad, los objetivos impuestos desde Bruselas.

 

 

 

 

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