Los mercados no están vacios

Pues no, no lo están, a pesar de que se hayan vertido toneladas de tinta para presentar un espacio sin actores (o con actores que no pueden influir en el espacio). Mercados guiados por una especie de mano invisible, misteriosa y racional, que gobierna los procesos económicos, premiando la eficiencia y penalizando el despilfarro.

Por superficial e irrelevante que pueda parecer esta visión de las cosas, dominaba y domina -contra viento y marea, contra la apabullante evidencia suministrada por la crisis- el lenguaje y los espacios académicos. Como mucho, se acepta, no sin resistencias, que esa mano invisible puede errar algunas veces, pero no hay que preocuparse, pues inmediatamente los mercados activarán los dispositivos que restablecerán los equilibrios… o el detestado sector público acudirá a socorrer, con recursos de todos, al muy eficiente sector privado.

Este mantra ha sido y todavía es una eficaz nebulosa para ocultar las manos visibles que articulan y mueven los mercados: las grandes corporaciones agrarias, industriales, comerciales y financieras, las grandes fortunas y los grupos de interés que las representan. Lo público y lo privado fundido y confundido en una tupida red de intereses, coaliciones y complicidades.

Son pocos y muy meritorios los trabajos de economía que se adentran en este territorio, en parte porque se alejan de la corriente dominante, que distribuye los “certificados de idoneidad” de las investigaciones y trabajos académicos, y en parte por la dificultad de obtener información al respecto. Estos trabajos describen una situación de concentración oligopólica que nada tiene que ver con los principios de la competencia perfecta desde la que se proyecta la imaginaria mano invisible.

Y este proceso concentrador se despliega en los ámbitos local, estatal y global, de manera opaca o, cada vez más, abiertamente, con el desparpajo y la desvergüenza de saberse ganadores. Conscientes de formar parte de una casta de privilegiados que no rinden cuentas a la sociedad ni a los poderes públicos, los cuales a menudo actúan en abierta connivencia y al servicio de sus intereses. Controlan los resortes del poder y los utilizan en su propio provecho.

Ignorar o relegar a un segundo plano esta perspectiva nos incapacita para entender el contenido y la orientación de las políticas económicas, lo que se hace y lo que no se hace; y tampoco ayuda a entender los vericuetos y los debates, engañosamente técnicos, del denominado proyecto europeo.

Cuánta razón tienen los que gritan a los cuatro vientos “no nos representan”; porque, es cierto, no nos representan. Porque la acumulación de poder y de privilegios ha alcanzado cotas desconocidas, urge una refundación democrática de Europa y también de los estados europeos. Urge recuperar la soberanía cedida a los poderosos, o, para ser más precisos, la soberanía secuestrada por los poderosos. Esta es, sin duda alguna, una de las piedras de toque esenciales para construir una alternativa de progreso, alternativa que pasa ineludiblemente por activar la movilización social y promover el control ciudadano. Mucho más y algo distinto que cubrir el expediente de votar en las consultas electorales.

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