¿Qué redistribución?

Cuando se plantea la relación entre modelo económico y modelo distributivo, dos cuestiones pueden ayudarnos a situar el tema La primera, ¿deberíamos ceñirnos al modelo económico que surge de la crisis o al que existía antes de que ésta irrumpiera? La segunda, ¿qué cabe entender por “modelo económico”? Dependiendo de cómo sean contestadas ambas preguntas, el rumbo de la argumentación puede ser muy diferente.

Apenas hay espacio para explorar ambos interrogantes, pero, por su gran trascendencia, sí conviene mencionar que los modelos distributivos, antes de la crisis, ya adolecían de notables deficiencias, como ilustra el hecho de que en España, y en otros países comunitarios, tanto la desigualdad como la pobreza aumentaran, en un contexto, por lo demás, de relativo auge económico.

En esta evolución desempeñó un papel muy relevante la generalización de las políticas económicas de signo estabilizador, justificadas apelando a la necesidad de reducir la inflación y ganar competitividad, y a que eran un requisito imprescindible para el tránsito hacia una unión monetaria. Otro de los factores a tener en cuenta fue la progresiva ocupación de los espacios públicos y de la política por los grupos económicos, que cristalizó, entre otras cosas, en el descenso de la aportación a los ingresos presupuestarios de las rentas del capital, los patrimonios y las grandes fortunas.

A pesar de todo, el crecimiento económico de aquellos años contribuyó a amortiguar y a diluir, al menos en parte, las consecuencias distributivas de los sesgos de la política económica y de un terreno de juego crecientemente desnivelado.

Con la llegada de la crisis, el crecimiento se transformó en decrecimiento o en leve e insuficiente recuperación; el crack financiero rápidamente mutó en una crisis general de grandes proporciones –la denominada Gran Recesión-; y, por si esto fuera poco, los gobiernos (y los responsables comunitarios) aplicaron políticas que han prolongado la crisis, acentuando sus efectos más negativos. Una de las consecuencias de todo ello ha sido la degradación de las condiciones de vida para la mayor parte de la población y, más concretamente, el aumento, hasta cotas desconocidas, de la desigualdad y la pobreza.

No entraré en los datos, pues son de sobra conocidos y reconocidos por tirios y troyanos (con la excepción de los grupos más recalcitrantes que viven en una urna de cristal, disfrutando de sus privilegios) y han quedado reflejados, por señalar algunos ejemplos, en los informes de Cáritas, Oxfam, la Organización Internacional del Trabajo y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico.

Ahora es más importante poner el acento en las transformaciones sistémicas y sistemáticas que han tenido lugar estos años, que están suponiendo una “refundación” del capitalismo y que también están alterando el modelo distributivo.

En estos años ha cuajado un relato sobre el origen de la crisis, sobre las políticas que hay que implementar para salir de la misma y sobre las “buenas prácticas” en materia de política económica que ponen en la picota al estado y a lo público; relato envuelto en un lenguaje supuestamente inspirado en el sentido común “las cuentas públicas tienen que administrarse como las familias” “el estado no gasta lo que no tiene”. Todo ello, ha sido utilizado como una coartada para lanzar una ofensiva sin precedentes contra los estados de bienestar y las políticas redistributivas.

Se ha llevado a cabo una implacable acción política encaminada a socializar los costes de la crisis económica entre la mayoría social, protegiendo los intereses de los grandes acreedores y deudores, de las elites políticas y económicas y de las economías más ricas. Rotos los consensos y desbordados o eliminados los diques de contención institucional, emerge un capitalismo de naturaleza básicamente confiscatoria, crecientemente oligárquico y profundamente anti democrático.

Los estados han sido colonizados por los grupos económicos. Hemos podido comprobar y padecer, como nunca antes, que las connivencias entre las elites políticas y económicas –puertas giratorias o espacios compartidos- es plena. La imagen icónica sobre la que pretendían sustentarse el proyecto comunitario y los estados de bienestar –el estado como mediador y las instituciones como puente de los intereses enfrentados de las diferentes clases sociales- se ha desvanecido. ¿Redistribución? Sí, pero en beneficio de los poderosos, que han impuesto nuevas reglas del juego.

 

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