La culpa la tienen los salarios

Así es, la crisis económica ha estado provocada por la deriva salarial de las últimas décadas. No es la única causa de una crisis plural y poliédrica, pero, sin duda alguna, es una de las más importantes.

Pero no nos equivoquemos, ni nos dejemos atrapar por el discurso económico, político y mediático dominante. El problema no ha estado en el aumento desproporcionado de los salarios, en “vivir por encima de nuestras posibilidades”, mantra de validez universal, cualquiera que sea la realidad analizada, sino en todo lo contrario, en su tendencia al estancamiento.

Los salarios promedio de la mayor parte de los trabajadores han crecido en las últimas décadas menos que la productividad laboral, también en los periodos en que ésta avanzó lentamente, y en muchos casos apenas han aumentado (no ha sido el caso de las retribuciones salariales de los altos ejecutivos que sí han conocido un desmesurado e injustificado crecimiento). El resultado más visible de esta disparidad es que la parte de la masa salarial en el ingreso nacional ha seguido una tendencia descendente (no pasemos por alto que en la economía española esto ha sucedido en un contexto de significativo aumento del empleo, muy vinculado al auge de la burbuja inmobiliaria).

¿Cómo ha influido esta deriva salarial en la crisis económica? De varias maneras. En primer lugar, dado que los salarios constituyen un componente fundamental de la demanda agregada, su rezago o estancamiento, habrían supuesto una contracción de la misma, que fue evitada con una intensa expansión del crédito. Doble negocio. Para los empresarios, que consolidaron un mecanismo de acumulación alimentado en la degradación salarial; para los bancos y otros actores financieros, porque encontraron un inmenso mercado para colocar una oferta creciente de créditos.

En segundo lugar, y esta es la otra cara de la moneda, la resultante de este comportamiento de los salarios fue un aumento de la desigualdad y de la concentración del ingreso en grupos cuya propensión al consumo era inferior a la del conjunto de los asalariados, estando, por otro lado, estrechamente imbricados en el negocio financiero.

En tercer lugar, la contracción salarial, sólo compensada por la rápida expansión del crédito privado, situó en el motor del crecimiento económico la demanda externa -las exportaciones en las economías con mayor potencial competitivo, las importaciones, en las más débiles-. Resulta particularmente ilustrativo el caso de la economía alemana, cuyas ventas exteriores crecieron con rapidez, tanto dentro como fuera de la Unión Europea. Los grandes superávits cosechados contribuyeron a alimentar el circuito financiero, cubriendo buena parte de la demanda de crédito procedente de las economías meridionales, también de la española.

En cuarto lugar, el aumento de la desigualdad fue de la mano, como no podía ser de otra manera, de una creciente concentración del poder. Se crearon de este modo las condiciones para que las políticas de los gobiernos, y las implementadas desde Bruselas, quedaran a merced de los intereses de las grandes corporaciones y de los lobbies que las representaban. Y esos intereses consistían en ampliar el espacio de la industria financiera, donde se colocaban productos cada vez más sofisticados, en mercados cada vez más opacos, en los que se podían obtener suculentos beneficios.

Una lección para el futuro. Si la brecha salarios-productividad y el estancamiento de las retribuciones recibidas por los trabajadores estuvieron en el formidable auge de la industria financiera, si también explican el crecimiento y enquistamiento de importantes desequilibrios externos (países superavitarios/ deficitarios; países acreedores/deudores), si reforzaron el poder de los grupos más conectados con el negocio financiero… si este diagnóstico es cierto, entonces hay que obrar en consecuencia, pues la superación de la crisis pasa necesariamente por corregir los desequilibrios que la desencadenaron.

Defendamos desde Podemos, sin complejos, con el convencimiento de que nos respaldan un diagnóstico certero y un innegociable compromiso con la mayoría social, que hay que aumentar los salarios, situando la creación de empleo en el centro mismo de la política económica, aumentando las retribuciones de los trabajadores que han visto mermada en mayor medida su capacidad adquisitiva en estos años, conectando la evolución de los salarios y la productividad global de la economía, aumentando el salario mínimo y creando un nuevo marco de relaciones laborales que asegure la negociación colectiva. Necesitamos avanzar en esta dirección, si queremos salir de la crisis de manera equitativa y sostenible. Encontraremos en este camino resistencias que habrá que vencer con la movilización ciudadana, pero todo apunta a que esta vez sí Podemos.

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