Crecimiento, cohesión social y Podemos

Los datos son abrumadores: reducción de los salarios y degradación de las condiciones laborales, recortes en el gasto social público y aumento de la presión fiscal sobre las rentas medias y bajas, mayor desigualdad y crecimiento de la pobreza, absoluta y relativa. Este es el balance social de la crisis económica y de la gestión de la misma realizada desde el gobierno.

Para salir de esta situación, todo se fía al crecimiento económico. Argumento de las derechas y también de una parte de las izquierdas. Como el crecimiento apenas despunta o lo hace levemente, el debate público, político y mediático, se centra en las políticas que podrían dinamizarlo; como, por ejemplo, una intervención más resuelta del Banco Central Europeo, un tratamiento fiscal más favorable hacia los beneficios empresariales o un decidido apoyo de la actividad exportadora. Se parte del supuesto de que, una vez lanzado el crecimiento y siempre que se apliquen políticas compatibles con el mismo, el proceso se retroalimentará, generando un círculo virtuoso donde, finalmente, todos ganarían. ¿Y el panorama social? Quienes razonan desde estas coordenadas, sostienen que también mejoraría, pues el empuje de la actividad económica se trasladaría, por definición, a las condiciones de vida de la población.

Sin detenerme en la debilidad del crecimiento actual ni en las muchas sombras que se ciernen sobre su evolución futura, opino que es un atrevimiento, cargado de apriorismo e ideología, identificar crecimiento del producto con cohesión social; como si ambas variables fueran los términos inseparables de una ecuación, de una identidad conocida y comprobada a lo largo de la historia del capitalismo.

Lo cierto es que dicha identidad no ha funcionado, o lo ha hecho de manera insuficiente, en los “años de prosperidad”, cuando las economías crecían a buen ritmo. La prueba de que es necesario cuestionar esa relación supuestamente virtuosa entre crecimiento y cohesión social está en que los salarios han experimentado una marcada tendencia al estancamiento y que se han descolgado de la productividad del trabajo, que los niveles de desempleo se han mantenido relativamente elevados, que una parte de los puestos de trabajo creados han sido indecentes, que ha crecido la categoría de trabajadores pobres y que la contribución de las rentas del capital al erario público no ha dejado de reducirse. No olvidemos que, además, estamos hablando de la Unión  Europea, un proyecto que, al menos en teoría, tenía entre sus objetivos prioritarios la convergencia de los países que la integraban, no sólo en el plano institucional, sino también en los ámbitos productivo y social. Este ha sido, precisamente, uno de los fracasos más clamorosos del denominado proyecto comunitario y una de las causas fundamentales de la crisis económica.

En la actualidad todavía tiene menos sentido afirmar que el crecimiento que se nos anuncia, pero que todavía permanece, en el mejor de los casos, débil e incipiente, abrirá las puertas de la cohesión social. Por una razón fundamental. Porque los años de crisis han sido la gran baza, indudablemente aprovechada, de las oligarquías económicas y de las élites políticas para reforzar su poder, para consolidar un capitalismo extractivo a su servicio. Las relaciones de poder que emergen de la “gran recesión” benefician con claridad a las corporaciones y a sus altos ejecutivos, así como a las grandes fortunas.

Con esta hipoteca encaramos el futuro. De ahí la enorme trascendencia de la irrupción de Podemos. Una verdadera sacudida a un panorama político e institucional indolente y endogámico. No es una nueva marca electoral que sumar a las existentes. Es, o quiere ser, una manera distinta y nueva de hacer política; con la ciudadanía, no sólo con su aceptación, sino sobre todo con su activa intervención. Un enfoque distinto a problemas viejos y nuevos. Un cuestionamiento desde la raíz misma del icono del crecimiento y de sus efectos supuestamente beneficiosos. Una apuesta rotunda y comprometida con la equidad social, no sólo por razones éticas, que también, sino porque una sociedad más equitativa tiene que ser uno de los pilares básicos sobre los que descanse otra economía.

Han surgido tensiones varias y surgirán más en los próximos meses en el proceso de consolidación de Podemos. Pero, con todo, Podemos no tiene nada que ver con el rancio autoritarismo y el “seguimiento al líder”, distribuidor de favores y privilegios entre los que integran el clan, que impregnan el funcionamiento de los partidos tradicionales.

Podemos tiene un camino por recorrer, una gran oportunidad plagada de dificultades y desafíos, pero somos muchos, cada vez más, los que estamos por la labor de poner nuestro grano de arena en este emocionante e ilusionante proyecto.

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