La Europa soñada… e inexistente

Proyecto europeo. Término equívoco, confuso y tramposo, cuando se emplea para reivindicar una Europa que existía antes de la implosión financiera y que algunos denominan economía social de mercado; también cuando se pretende convertir en brújula de las deterioradas y desnortadas economías comunitarias para salir de la crisis actual. Pasado y futuro, y también presente, pues las políticas implementadas en estos años se hacen en nombre de la Unión Europea (UE) o para mantener el euro, como si se tratara en ambos casos de bienes públicos cuya preservación a todos conviene.

Recuperar, preservar, fortalecer el denominado proyecto europeo, que, mucho antes de que se desencadenara la Gran Recesión, caminaba a la deriva. Los salarios de los trabajadores estancados o, en el mejor de los casos, creciendo moderadamente, por debajo de los avances registrados en la productividad, lo que suponía que el peso de los ingresos de naturaleza salarial retrocedían frente a la progresión constante de los del capital; creación de empleo insuficiente y, además, de poca calidad, tanto en lo que concierne a las retribuciones recibidas por los trabajadores como a las condiciones en que se realizaba el trabajo y los derechos asociados al mismo; continuo deterioro de las capacidades recaudatorias de las administraciones públicas en lo que respecta a los beneficios empresariales, las rentas del capital y los grandes patrimonios y fortunas, con el consiguiente aumento de la presión fiscal sobre los asalariados y las dificultades de financiación de las políticas públicas, sociales y productivas; diferencias crecientes entre las capacidades productivas de los países del norte y la periferia meridional, con el resultado de una Europa con estructuras económicas y con dinámicas de crecimiento cada vez más dispares; una moneda única que, sobre todo, creó las condiciones para un crecimiento económico sustentado en la deuda, que benefició, antes que nada, a los grupos económicos más imbricados con el universo financiero, con más potencial competitivo y con más poder de mercado.

Estos y otros rasgos de la Europa realmente existente nos devuelven una imagen del denominado proyecto europeo aquejado de serias limitaciones y contradicciones, que no son tanto una perversión de ese proyecto como una parte sustancial del mismo. La Europa construida en las últimas décadas –antes de la crisis, por supuesto, pero también antes de la creación de la Unión Económica y Monetaria (UEM)- se encontraba atravesada de importantes diferencias productivas, sociales y territoriales. Diferencias que, además, están en el origen mismo de la actual perturbación económica.

Esta perspectiva, omitida por la economía convencional, es sin embargo crucial para articular un diagnóstico adecuado de salida de la crisis sostenible y equitativo –y muy necesaria para sostener un enfoque crítico bien fundamentado-, pues nos traslada a una problemática estructural, de amplio calado, fraguada a lo largo de las últimas décadas, que la gestión de la crisis realizada por la Troika y por los gobiernos ha exacerbado.

Nos encontramos, así, con que las políticas implementadas durante los años de crisis –rescates bancarios, ajustes presupuestarios, represión salarial, privatizaciones, reformas laborales desreguladoras-, lejos de abrir un escenario de superación de la misma, han contribuido a ensanchar las fracturas que, no lo olvidemos, estuvieron en su origen.

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