¿Más Europa? No, otra Europa

Texto escrito con Lucía Vicent

Buena parte del debate suscitado en Europa se ha orientado hacia el necesario (re)diseño de las instituciones que gobiernan la zona euro con el objeto de subsanar las carencias con que surgió la moneda única, como si dichas carencias dieran cuenta por sí solas de la crisis económica en la Unión Europea y como si completar y mejorar la operativa institucional que rige el espacio monetario asegurase una salida de la crisis. Nada más lejos de la realidad.

Una precisión con respecto a los actores que determinan la hoja de ruta para salir de la crisis y refundar el proyecto europeo. Con frecuencia, cuando se hace referencia a estos actores se piensa, con razón, en la troika y en los gobiernos europeos del centro y norte de Europa; se invoca asimismo a Alemania y a los países situados bajo su órbita de influencia. Y no hay duda de que todos ellos, sobre todo el gobierno alemán, han jugado y juegan un papel central. Pero ese cuadro queda claramente incompleto, e invita a la confusión, si omitimos o ignoramos los actores que han disfrutado de un gran poder para hacer valer e imponer sus intereses. Se trata de los grandes bancos y fortunas, los gestores de fondos y las grandes corporaciones, apoyados en importantes plataformas mediáticas, grupos de presión y “think-tanks”, y todo ello en abierta complicidad con la elite política.

Empezar por aquí es esencial para entender la carga de profundidad, en clave de relaciones de poder, contenida en las políticas implementadas desde la troika y los gobiernos comunitarios, la captura de las instituciones por parte de las oligarquías, la articulación de éstas y de los intereses que representan a escala europea y global, y también las resistencias que deberán ser vencidas para hacer otra política económica.

Esta aproximación supone una enmienda a la totalidad del discurso –ingenuo o interesado, o ambas cosas a la vez- que pretende la existencia de un proyecto europeo, sin adjetivos; pero también desborda con mucho aquellos planteamientos, en nuestra opinión unilaterales, centrados en la categorías Norte-Sur, o centro-periferia. Por supuesto que existe una jerarquización del espacio productivo europeo, pero poner en el centro del razonamiento los términos Norte-Sur o centro-periferia omite una perspectiva que resulta imprescindible a la hora de interpretar la crisis económica y la gestión que se ha realizado de la misma: las relaciones de poder y la desigualdad entre los grupos sociales.

Con esta perspectiva, se puede entender, y es perfectamente compatible, que Alemania, y otros países ricos de la UE, hayan sido ganadores del proceso de integración económica y de la creación de la moneda única, y que también hayan sido favorecidos por las políticas llevadas a cabo desde Bruselas, y que, en paralelo, una parte importante de los trabajadores de esos países hayan quedado al margen o incluso hayan visto empeorar su situación. También se puede entender que detrás de la apuesta por preservar la moneda única exista una estrategia cuyo propósito fundamental es que el peso de la crisis sea soportado por la mayoría social, descargando de responsabilidad y eximiendo de su coste a élites y oligarquías.

Se ha asistido a una masiva transferencia de recursos desde el Sur hacia el Norte, y desde los grupos sociales menos favorecidos y las clases medias hacia los grupos que ocupan una posición privilegiada en la pirámide social. De este modo, las economías periféricas, así como los asalariados y los grupos vulnerables (también los del Norte) son los que están soportando sobre sus espaldas los costes de la crisis y una gestión de la misma que, además de ser errónea, pues equivoca el diagnóstico sobre sus causas, e ineficiente, a la luz de los resultados obtenidos, beneficia a los poderosos. Valgan como ejemplos la masiva socialización de la deuda privada, los recursos canalizados por el BCE hacia los bancos en condiciones muy favorables, los recortes sobre las partidas sociales de los presupuestos públicos y el aumento de la desigualdad y la pobreza.

Pero no se trata sólo de un reparto injusto de los referidos costes de la crisis, que está proporcionando grandes beneficios a los que la han provocado, sin que apenas hayan visto mermadas sus privilegiadas posiciones. La gestión que se está haciendo de la misma dentro de la UEM está creando las condiciones, sino las ha creado ya, para un viraje sustancial en la configuración sistémica de los capitalismos europeos, que se había iniciado mucho antes de la implosión financiera, al menos desde que se impuso por doquier la doctrina neoliberal, desde los años ochenta del pasado siglo.

Rotos la mayor parte de los diques de contención social y política, se está asistiendo al desmantelamiento de los Estados de Bienestar que, supuestamente, eran la principal seña de identidad de las “economías sociales de mercado” comunitarias. Parcelas sustanciales del sector social público se están convirtiendo en negocio, a través de las privatizaciones y la externalización de la gestión, con el argumento de reducir el gasto estatal y con la falaz excusa de que la disciplina presupuestaria permitirá alcanzar mayores cotas de eficiencia y recuperar la senda de crecimiento.

En paralelo, el desequilibrio en la relación de fuerzas a favor del capital y en contra del trabajo (propiciado por las reformas laborales, el temor a perder y no recuperar el empleo y por el continuo aumento del desempleo) ha abierto una vía de acumulación a partir de la sobreexplotación de los asalariados; nunca como ahora, disponer de un empleo no garantiza las condiciones materiales para llevar una vida digna.

Añadamos al debilitamiento de los espacios sociales públicos y la degradación de las condiciones laborales, la recomposición de las relaciones de poder a escala europea, una política monetaria laxa que está entregando recursos a los que tienen capacidad de endeudamiento, la recentralización del capital, el fortalecimiento del segmento financiero de la economía y la reestructuración de los mercados que está propiciando la crisis económica en beneficio de las grandes corporaciones, que, además de entrar en el sector público, se están haciendo con espacios de negocio abandonados por las empresas en crisis.

Todo ello apunta en una dirección bien precisa. Estamos siendo testigos de una refundación de los capitalismos europeos (mejor que la confusa expresión “refundación europea”), a la medida de los intereses y estrategias de los grupos económica y socialmente privilegiados y de los países con mayor potencial competitivo. La unión monetaria, la que realmente existe, la que está experimentando un profundo proceso de reestructuración, representa los intereses de un poder cada vez más oligárquico (y antidemocrático). Por esa razón, la defensa del euro, como si esa defensa fuera equivalente a “más Europa” o abriera las puertas a una Europa más social y cooperativa, una vez completado el vacío institucional con que surgió la moneda única, no puede ser la voz de los que pugnan por una salida progresista de la crisis.

 

 

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