La falacia del vínculo salarios-productividad

Es necesario que la evolución de los salarios se ajuste a la de la productividad. Afirmación, en apariencia, cargada de sentido común y de lógica económica. Más ahora, en tiempos de zozobra, cuando las empresas necesitan adaptar su estructura de costes a las adversas y variables condiciones impuestas por una crisis que no acaba de remontar. Sin embargo, en esa afirmación hay más confusión de lo que parece, adivinándose planteamientos e intereses que, como es habitual en los debates económicos y políticos, están convenientemente camuflados.

¿Debemos suponer acaso que los salarios han crecido en España y en la Unión Europa (UE) más que la productividad y que ha llegado el momento de corregir esa anomalía? En absoluto. Ha sucedido justo lo contrario. Desde hace varias décadas, los ingresos de la mayor parte de los trabajadores comunitarios han progresado, cuando lo han hecho, menos que el índice de productividad.

El resultado de esa discordancia ha sido que la participación de los salarios en la renta nacional ha experimentado un persistente declive. En el caso de la economía española, dicha participación se situaba durante la década de los 80 del pasado siglo en el 63% como promedio; bajó hasta el 61% a lo largo de los 90, situándose en el 57% entre 2000 y 2007.

Todo ello no ha sido obstáculo, como sabemos, para que los ingresos salariales de las cúpulas empresariales y de los equipos directivos hayan aumentado desmesuradamente; podemos decir que, a luz de cómo han gestionado sus empresas y de su responsabilidad en el advenimiento de la crisis, lo han hecho muy por encima de su productividad.

En la actualidad, los salarios reales de muchos trabajadores están estancados o en franco retroceso. Con la información proporcionada por Eurostat, la Oficina Estadística de la UE, en España la compensación real por trabajador habrá retrocedido entre 2009 y 2013 alrededor de un 6%, lo que supone una continua e intensa pérdida de poder adquisitivo. Fruto de esta deriva, la participación de los salarios en la renta nacional habrá caído entre 2013 y 2009 en seis puntos porcentuales, hasta alcanzar el 52%; de modo que, de confirmarse las previsiones de Eurostat, en cuatro años habremos retrocedido tanto como entre 1994 y 2007.

Al mismo tiempo, la productividad laboral (medida por el Producto Interior Bruto por persona empleada, a precios de 2005) habrá aumentado, en un 9% acumulado en el tiempo trascurrido entre 2009 y 2013. Este aumento no reside en que los bienes y servicios ofertados por nuestra economía sean de más  calidad –esto es, de mayor nivel tecnológico y sofisticación-, sino en que los años de crisis han sido testigos de una persistente y masiva destrucción de puestos de trabajo; en efecto, en el periodo considerado, se habrán destruido cerca de 900 mil empleos, con el resultado de que el nivel de ocupación cuando concluya 2013 será un 19% inferior al que existía en 2009.

Esto en lo que se refiere a la información agregada proporcionada por las estadísticas comunitarias. Desde la perspectiva de los centros de trabajo, por paradójico que pueda parecer dada la insistencia con que, una y otra vez, los medios de comunicación y la academia (conservadora) lanza a los cuatro vientos que los salarios deben seguir el curso de la productividad, ese debate en realidad no se ha abierto. Y no lo ha hecho porque introducir en la negociación colectiva (cuando existe) el debate de los salarios y de la productividad en toda su variedad y complejidad requiere de un dialogo social, profundo en los contenidos, además de participativo y democrático, que en las empresas ni existe ni se le espera.

En un contexto donde la negociación colectiva ha sido de hecho derogada o bien desvirtuada –este es uno de los resultados más evidentes de la última reforma laboral- quedando reducida a un expediente para bajar los salarios a cambio de preservar el empleo o de minimizar los ajustes de plantilla, se está procediendo, en paralelo a la reducción de las plantillas, a una sustancial intensificación de los ritmos de producción y a la prolongación de las jornadas de trabajo.

¿A qué se reduce, en buena medida, la práctica (más que el debate) de asociar salarios y productividad? A que una parte, variable pero creciente, de la remuneración de los trabajadores dependa de su productividad (entiéndase bien, no de la productividad de la firma). Así, son muchas las empresas que están introduciendo o actualizando mecanismos de evaluación y revisión de los ritmos de trabajo. Al vincular un porcentaje de los salarios a la consecución de objetivos, se supone que el esfuerzo de los trabajadores aumentará, reduciéndose los tiempos necesarios para la realización de las tareas, con el consiguiente aumento de la productividad laboral.

Esta práctica, que ya formaba parte de las políticas retributivas, ha cobrado una importancia creciente. Son muchas las empresas que, con sus propios recursos o con los proporcionados por las consultoras, han implementado  programas de “racionalización de tareas” consistentes en definir los tiempos de cada una de ellas y sobre esta base aumentar el rendimiento de los trabajadores. Las empresas fijan las primas entre los diferentes grupos de trabajo o, en ocasiones, las establecen de manera individual.

Se consigue así aumentar la presión sobre los trabajadores, abriendo una vía -un tanto opaca, pero sin duda eficaz- para reducir los salarios y para intensificar los ritmos de producción (en un proceso de ajuste continuo de los tiempos exigidos para recibir la correspondiente prima). Y esto es compatible con el mantenimiento de las condiciones pactadas en buena parte de los convenios colectivos, condiciones que, por cierto, también se están revisando a la baja. Asimismo, y este no es el menor de los objetivos, se favorece una dinámica de competencia por las primas entre los propios trabajadores. El conflicto de intereses entre diferentes grupos de operarios y la fragmentación del colectivo de trabajadores contribuye a su desunión, dificultando la actuación de los sindicatos.

En resumen, ¿discordancia entre el comportamiento de los salarios y el de la productividad? Sí, pero en un sentido muy distinto del que, con frecuencia, se señala. Las retribuciones de los trabajadores quedaron descolgadas de los avances en la productividad mucho antes de que implosionara la crisis, brecha que se ha acentuado en estos últimos años y que, dada la relación de fuerzas, cada vez más favorable a los intereses de los capitales, las elites políticas y las oligarquías económicas, podría convertirse en un rasgo estructural de nuestra economía, y del conjunto de las economías comunitarias.

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