Trabajadores y pobres

La proporción de trabajadores que se encontraban situación de pobreza era en 2013 del 11,7%. Un dato más que añadir al desolador panorama que ofrecen la economía y la sociedad española, marcado por la continua y creciente degradación de las condiciones de vida de buena parte de la población… aunque para Rajoy y sus ministros y para los políticos del Partido Popular “las cosas empiezan a ir mejor” y “España es un ejemplo para Europa”.

No me detendré en la desvergüenza, el cinismo y hasta el odio hacia los que sufren contenido en estas expresiones o similares (me viene a la memoria el improperio de aquella “señorita” del PP de cuyo nombre no quiero acordarme: “¡Qué se jodan!”). Sí quiero reparar, sin embargo, en el profundo alcance y significado del elevado porcentaje de trabajadores que reciben una remuneración que les sitúa cerca o por debajo del umbral de la pobreza.

Trabajar es un derecho, pero vivimos tiempos en los que casi es un privilegio. Al mismo tiempo, comprobamos que disponer de un empleo no garantiza una vida decente. Los empresarios –los que carecen de escrúpulos y los que, simplemente, se acomodan a unas circunstancias muy favorables a los intereses del capital- han “metido la directa” y están aprovechando la oportunidad que les depara la degradación o desaparición de la negociación colectiva y la existencia de un desempleo masivo (verdadero ejército de reserva que presiona a la baja los costes laborales) para bajar los salarios y aumentar los beneficios. La obstinada insistencia del Fondo Monetario Internacional, de los responsables comunitarios y de los gobiernos para que continúen aplicando políticas de ajuste salarial, la debilidad de las organizaciones sindicales y la complicidad de una parte de la academia suponen una inestimable ayuda en esa tarea. El resultado: empleos precarios e inestables, salarios bajos, largas jornadas de trabajo e intensificación de los ritmos. Todo esto sucede en el sector privado y en las administraciones públicas.

Con la crisis económica todo ha ido a peor (perdón, todo no, los grandes patrimonios y fortunas, las ganancias del capital y las retribuciones de los directivas se han mantenido o han mejorado, apropiándose de una parte creciente del pastel). También han empeorado los salarios de la mayor parte de los trabajadores. Pero no nos equivoquemos ni confundamos al personal, antes del crack financiero, mucho antes, el mundo capitalista desarrollado, en general, y los capitalismos europeos, en particular, habían experimentado una persistente degradación salarial. Y como resultado de ese proceso las estadísticas ya reflejaban con nitidez la existencia, en continuo ascenso, de la categoría de “trabajadores pobres”. Tan sólo dos cifras. Según la Organización Internacional del Trabajo, en 2007 el 14,1% de los trabajadores españoles eran considerados de bajos ingresos, mientras que Eurostat contabilizaba en ese mismo año como pobres al 10,2%.

El crecimiento al que continuamente se apela como si fuera un medicamento mágico, la Europa social que algunos reivindican como modelo a recuperar, y el empleo, objetivo que unos y otros proclaman a los cuatro vientos, no garantizaba entonces y mucho menos garantiza ahora un salario digno. El problema es la crisis, sin duda, pero también la construcción europea y el capitalismo. No lo olvidemos.

 

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