Otra visión de la crisis; otra política económica

Los salarios crean un mercado para las empresas que producen bienes de consumo y para las que fabrican bienes intermedios y de capital destinados a las firmas que atienden la demanda final, reforzando de esta manera su efecto multiplicador. Asimismo, la dinamización de la demanda, al despejar y mejorar las expectativas de evolución de los mercados, estimulan las inversiones productivas, las cuales dependen de los beneficios esperados, de la demanda futura, en definitiva.

A partir de este sencillo razonamiento podemos encontrar una de las causas fundamentales de la actual crisis económica: el estancamiento salarial y el aumento de la desigualdad, tanto en los países del centro como en los de la periferia.

Durante las últimas décadas los salarios se habrían descolgado del curso seguido por la productividad del trabajo, cuyo crecimiento también se ralentizó, provocando que su participación en la renta nacional se redujera en la mayor parte de los países comunitarios; a cambio, los beneficios y las rentas del capital ganaron en relevancia.

El efecto contractivo del referido estancamiento salarial sobre la demanda agregada se compensó con una formidable expansión del crédito privado, el cual permitió sostener el consumo de las familias, de aquellas que tenían capacidad para endeudarse.

Otra consecuencia destacada de la deriva salarial fue el protagonismo adquirido por el sector exterior. Para las economías con mayor potencial competitivo, como la alemana, las exportaciones se convirtieron en el motor del crecimiento económico (ya lo era antes y ahora se acentuó). Las restricciones que las empresas encontraban para colocar sus productos en el propio mercado las compensaban con aumentos de las ventas exteriores, dirigidas principalmente a sus socios comunitarios. El mercantilismo practicado por estas economías las situó en posiciones excedentarias en sus balanzas comercial y por cuenta corriente, y, consiguientemente, en una posición prestamista frente al exterior.

El contrapunto de esta situación fue lo ocurrido con las economías periféricas, las productivamente más débiles. Enfrentadas asimismo a la restricción salarial, accedieron al crédito abundante (proporcionado por las económicas crónicamente excedentarias) y barato (favorecido por los bajos tipos de interés). Se asistió así a un continuo y creciente flujo de entradas de capital, créditos en euros, que cubrían y promovían los déficits comerciales, al tiempo que cebaban la especulación financiera e inmobiliaria. Se fraguó de esta manera una de las asimetrías esenciales que está en el corazón de la crisis europea. Los superávit/déficit comerciales y las posiciones acreedoras/deudoras cuya gestión se ha tornado imposible en la zona euro.

De otro lado, la concentración del ingreso asociada al proceso de estancamiento salarial favoreció a un grupo económico que acaparó riqueza y poder, cuyos intereses están estrechamente vinculados al negocio financiero. Ese proceso concentrador favoreció tanto la economía de casino como la captura de las políticas económicas.

Esta otra lectura sobre la influencia de los salarios en la economía implica, claro está, una interpretación de la crisis muy alejada de la visión dominante. Implica, asimismo, una orientación de la política económica muy diferente de la aplicada por la troika y los gobiernos comunitarios. Si los salarios son el elemento vertebrador de la demanda agregada de las economías y si el estancamiento salarial de las últimas décadas aporta una explicación convincente de la crisis, la superación de la misma exigiría, siguiendo esta línea argumental, el crecimiento y no la represión salarial, tanto por la vía de la creación de puestos de trabajo como por la del aumento de las retribuciones de los trabajadores, especialmente de aquellos que han experimentado una pérdida mayor de capacidad adquisitiva.

La progresión de los salarios, al menos en línea de los avances registrados en la productividad laboral, y colocar la creación de empleo en el centro de la política económica sería un factor de impulso de la demanda que ayudaría a la utilización de las capacidades productivas de las empresas. Seguir ese camino sería asimismo clave para la corrección de los desequilibrios macroeconómicos comunitarios, dando un mayor protagonismo a la demanda interna frente al sector exterior.

El aumento de los salarios tendría otras dos ventajas adicionales: crear unas bases sólidas para que las familias aborden un desendeudamiento progresivo y sostenible y, al reducir los elevados índices de morosidad bancaria, hacer posible el saneamiento de los balances de las instituciones financieras.

Está dinámica, lejos de mermar la competitividad externa de las economías, sitúa el desafío competitivo en otras coordenadas, muy distintas de las actuales. Frente a una estrategia centrada en la moderación o la simple reducción de los costes laborales, obliga a perseguir otra orientada a aportar calidad, tecnológica y sofisticación a nuestras exportaciones.

 

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