La Europa de las grandes divergencias

Principio sacrosanto de la economía convencional: La globalización es un juego de suma positiva donde todos ganan y los mayores beneficios los cosechan los países más rezagadas… siempre que se comprometan sin vacilar con la liberalización de los mercados y la apertura de sus economías. En esas condiciones, los “pobres” convergerán hacia el nivel de los “ricos”.

Con más razón, todavía, si nos referimos a la Unión Europea (UE), donde, a diferencia de otros proyectos de integración regional, se habrían diseñado políticas y levantado instituciones con el propósito de redistribuir recursos hacia las economías más débiles. Así, a las “virtudes” del mercado habría que añadir la existencia de una voluntad política comprometida con la convergencia, voluntad que a menudo se ha presentado como el santo y seña del proyecto comunitario, nuestra más preciada identidad.

Hasta aquí la teoría (dominante) y las previsiones (y deseos) asociados a esta teoría. ¿Se han confirmado? ¿No queda otra que rendirse a la prueba irrefutable de la evidencia empírica? Veamos qué ha acontecido, desde que vio la luz la moneda única, en la economía española con respecto a la alemana. Comenzaré presentando el recorrido seguido por el producto interior bruto por habitante (PIB/H) en términos constantes, el indicador más utilizado en los estudios referidos a la convergencia (si bien tengo dudas (crecientes) sobre la pertinencia de utilizar éste y otros ratios, manifiestamente deficientes).

Entre 1999 y 2007, nuestro PIB/H se acercó a los estándares alemanes (tres puntos porcentuales); si bien en los últimos años de ese periodo la brecha entre ambas economías se amplió. Pero en los años de crisis la distancia ha aumentado de manera sustancial. En 2008 el PIB/H de España era del 74% del de Alemania; pasado un lustro, en 2013, ya era del 66%; una reducción de ocho puntos, el doble de lo que se había ganado entre 1999 y 2007, lo que nos ha devuelto a la situación de 1991, ¡22 años antes! PERO NO NOS ALARMEMOS NI PRESTEMOS ATENCIÓN A EXTREMISTAS Y AGOREROS: HEMOS HECHO LO QUE TENÍAMOS QUE HACER (expresión sacada del verbo suelto y rico en matices y contenido de Rajoy) Y ESTAMOS SALIENDO DE LA CRISIS (cinismo y miopía sin límites de los responsables políticos del Partido Popular).

Pero necesitamos ir mucho más lejos del territorio acotado por este indicador. ¿Qué panorama observamos si se pone encima de la mesa información relativa al contenido y la calidad de la estructura económica? He seleccionado tres indicadores que apuntan en esa dirección: el peso de la industria manufacturera en el PIB, el contenido tecnológico de los intercambios comerciales y la renta por habitante de las regiones; hay muchos más, asimismo relevantes, que habría que considerar a la hora de abordar un análisis de más calado que el que aquí puedo realizar.

Sobre el primero

Mientras que la economía alemana ha conservado su potencial industrial a los largo de todo el periodo (la industria manufacturera aporta alrededor de una quinta parte del PIB), la española ha experimentado un pronunciado declive, especialmente entre 1999 y 2007; recordemos: años de intenso crecimiento, muy superior al registrado por Alemania. Durante la crisis, el peso de nuestras manufacturas en el PIB se ha estabilizado en torno al 12%, siete puntos porcentuales por debajo de los registros de Alemania.

Sobre el segundo

En lo que concierne al contenido tecnológico de los flujos comerciales, las diferencias son todavía más llamativas. El principal baluarte competitivo de la economía alemana reside en los productos de media-alta tecnología (siguiendo la clasificación utilizada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo, que distingue los de alta, media-alta, media-baja y baja). Es en los productos de bajo perfil tecnológico donde, principalmente, se ubican los déficits. Todo ello en un contexto de cuantiosos excedentes en su balanza comercial.

Encontramos un panorama muy distinto en nuestra economía. En este caso, los déficits son particularmente intensos en los productos de mayor carga tecnológica. También en los productos de media-alta, media-baja y baja han predominado los registros negativos; todo lo cual ha contribuido a alimentar un déficit global en los intercambios comerciales. Sólo en los últimos años, emergen posiciones excedentarias en el comercio de las tres categorías citadas; excedentes que se explican, antes que nada, por el frenazo en las importaciones provocado por la recesión. Pero incluso en este contexto de mejora de los saldos comerciales relativos, el comercio de productos de más tecnología continuaba registrando números rojos.

Sobre el tercero

Finalmente, una mirada a las regiones también nos devuelve una imagen de una Europa atravesada de importantes desequilibrios. Utilizando el indicador de euros por habitante (PIB a precios corrientes) vemos que las diferencias entre la región más rica de Alemania (Hamburgo) y las más pobres de España (Extremadura, Andalucía y Galicia, en 2000; en 2007 y 2011 Galicia ha sido sustituida por Melilla) se han suavizado entre 2000 y 2007. El nivel de renta de las españolas con respecto a la alemana era en el primero de esos años del 29%, 26% y 22%; mientras que en 2007 esos valores eran del 37%, 36% y 31%. El estallido de la crisis revirtió ese proceso de convergencia; en Melilla y Andalucía el retroceso ha sido de tres puntos porcentuales y de uno en Extremadura. Para situar estos datos en perspectiva y calibrar el alcance de la brecha regional, conviene recordar que, utilizando el mismo indicador, la renta de España era en 2000 el 63% de la de Alemania, el 78% en 2007 y el 71% en 2011. La UE de las regiones mucho más desigual que la UE de los países.

En definitiva, si el objetivo teórico y retórico del proyecto comunitario era impulsar la convergencia económica y social entre sus miembros, sólo ha sido alcanzado, de manera limitada, en el indicador de PIB/H. Los de mayor calado estructural que he seleccionado nos hablan de una UE con importantes asimetrías productivas, comerciales y regionales. Y la crisis económica –y la gestión que de la misma han realizado la troika y los gobiernos comunitarios- ha exacerbado las disparidades entre Alemania y España. Fruto de todo ello estamos ante una UE donde se dibujan cada vez con más nitidez un Norte y un Sur, un Centro y una Periferia, en un contexto donde, además, las diferencias entre el capital y el trabajo, entre los ricos y la mayoría social no dejan de aumentar.

 

 

 

 

 

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